Crónica Bon Iver @ Palacio de Vistalegre. Madrid. 28-10-2012

Por , el 31 - 10 - 2012

Noche de grandes expectativas ante la visita del último príncipe del folk contemporáneo, Justin Vernon, que con su último disco (“bon iver, bon iver”) había alcanzado cegar la luminaria el año pasado a las más altas esferas celestiales de la crítica internacional. Como los que no tienen fe necesitan tocar las heridas, había que corroborar tal magna presencia y saber si con su música en vivo se levantan los pies a tres palmos del suelo, como sucede en muchas de las canciones de su último álbum y parte del anterior (véase la maravillosa “Flume”). Era la primera visita a España de Bon Iver y había que asegurarse de que no era humo todo lo que hacía espesar los ambientes de un trabajo elucubrado sobre ecos de voces, overdubbing y cosas por el estilo; de esas que a muchos nos hacen disimular lo artificioso y empañar lo que de natural pueda tener una canción tocada con tres o cuatro instrumentos y una voz. Como meter la mano en un barril de petardos, vaya.

Aunque su falsete me acaba agotando un pelín (con el sacralizado James Blake me ocurre igual, bueno con este último no paso de escuchar más de dos canciones seguidas), reconozco que muchas de sus melodías son mucho más que sobresalientes ejercicios de folk cósmico. Y te dejan noqueado a las primeras de cambio, la rendición es estremecedora. En sus dos discos, sin lugar a dudas, hay cinco o seis canciones que son apoteósicas. Posiblemente, su último álbum, con el tiempo sea considerado un punto de inflexión en la música popular contemporánea, no hay duda. Y, por eso, había que sangrar lo mucho que duelen las estrofas y letras de sus dos trabajos de estudio, más las remezclas del último, “Bon Iver, Bon Iver: Stems Project”.

Lo tenía complicado para abrir la noche el trío de hermanas británicas The Staves ante el papel que se presentaba a continuación. Había que cumplir con una papeleta donde las velas eléctricas y las cortinas rasgadas serían después protagonistas de un escenario iluminado muchas de las veces con distorsión a las guitarras (¿sorpresa tratándose de un disco de folk donde se llora a raudales?), ráfagas de luz y falsetes escondidos entre instrumentos de viento.

The Staves, que están a punto de publicar su álbum que llevará el nombre de “Dead and Born & Grown” tienen varios puntos curiosos. El primero, que cuidan las voces y ninguna de las tres, cantando al unísono desentona en el resto, funciona como un todo; cosa complicada y que lo resuelven con pasmosa habilidad. Hacen que sus temas parezcan funcionar como ecos de una sola voz femenina, dulce y parsimoniosa, que si bien transita por terrenos nada novedosos, por otra parte saben cuidar en unos temas nada cargados de ornamentos sonoros. Emily, Jessica y Camilla Staveley entregaron al público cuarenta minutos de dulzura y nada impostada puesta en escena de sus canciones. Al que le guste el folk, aquí tiene otra muestra más de esmerilada colección de canciones.

Por otro lado, las hermanas, tocaban muy bien sus instrumentos y demostraron que desnudando las voces sólo hacen falta tres o cuatro notas para hacer una canción que se pega y no sale por el otro oído como un rayo. Se queda en mitad de la cabeza con un tintineo de simpatía que perdura y se sigue repitiendo. Con sencillez salieron por donde habían venido; dejando la sonrisa puesta en la mitad del público que ocupaba el recinto. La otra mitad casi llenaría el Palacio madrileño en un ambiente que para muchos hubiese sido mejor otro, más recogido e íntimo.

Bon Iver comenzó la noche rasgando los cuerpos, de arriba a abajo de los presentes con la majestuosa “Perth”, a golpe marcial de baterías y luces. Por supuesto, con su falsete característico de un maestro de ceremonias que, con ocho músicos a sus espaldas, lo tenía más que fácil para dejar temblando las almas de sus seguidores. La primera canción fue un contundente y arrasador “aquí estoy y veréis lo que soy capaz de hacer”.

Peeeero, no todo iba a ser tan bonito. A pesar de la fuerza descomunal, elegiaca y febril de la mayoría de sus temas, la saturación sonora taponó en numerosas ocasiones la voz de Justin Vernon. Y le ocurrió en una sobrecargada “Calgary” (“¡qué lástima!”) donde priorizó la monumentalidad sonora en pos de entregar el celestial mensaje de esta obra maestra.
En otros temas, sin embargo, se apreciaba con claridad la fuerza instantánea de las melodías, esas que le han hecho vencedor de un folk del que es líder indiscutible.

Es curioso que teniendo sólo dos discos de estudio se traiga a tan plantel de equipo y puesta en escena; sus trabajos parecen mucho más destinados al sobrecogimiento. Así lo demostró cuando sonó otra de las piezas maestras, “Beth/Rest”. Pero, como he comentado, dio pie a cambiar el estilo de todo este entramado melancólico con distorsiones a la guitarra y explosiones de sonidos y luces que bien podían haber alargado generosamente el concierto.

La simpatía saltarina de “Towers” también la supo llevar muy bien a su terreno; sonó muy bien y nada que objetar al respecto. Impecable.

Skinny Love”, ese medio tiempo que en su primer álbum suena más desnudo, aquí lo adornó con su la pomposidad que engalana el segundo trabajo.
Michicant” también estuvo en su sitio, tratada con esos arreglos brumosos y de instrumentos de viento que, también en este caso, sonó más limpia en álbum que en vivo.

Y así, un suma y sigue para dejar claro que el grupo es un exponente incontestable del nuevo folk contemporáneo. Un grandísimo concierto para muchos, un buen concierto para otros…pero sabiendo todos que Bon Iver ha sabido crear un universo galáctico que le ha hecho paladín de la música de nuestro tiempo. Y si no, escuchen una y otra vez “Calgary”. Y paseen por las calles de sus ciudades escuchándola o leyendo cualquier otra cosa celestial, como la última obra de Teju Cole, “Ciudad abierta”, canciones y lecturas para una vida de nuestros días para volar por encima del suelo.

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