Crónica de Kitty, Daisy & Lewis, 30/03/10 en Joy Eslava

Por , el 09 - 04 - 2010

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Que lo vintage está de moda es algo que nos aturde por todos lados desde hace tiempo. Desde la moda textil al diseño y por supuesto, la música. En la actualidad, vestirse de pin up o rockabilly no es un síntoma de frikismo o retraso carnavalesco, sino más bien una evidencia fashionista. Por eso cada vez se ven más choppers trompeteando por el barrio y Jesse James tiene la libido por las nubes mientras alterna entre Sandra Bullock y Kat Von D. Por eso mismo es cada día más habitual ver a mozas lorceras embutidas con esfuerzo en trajes ceñidos como los que viste Dita Von Teese y el Psycho popero es un género tan cool. Y por eso mismo ahora lo están petando Imelda May, Eli ‘Paperboy’ Reed y los hermanitos que hoy nos ocupan, Kitty, Daisy & Lewis.

 

Hay una pregunta que introduce todos los artículos de los mass media cuando se habla de ellos: ¿Quién iba a imaginar que el Rock ‘n’ Roll clásico volvería a acaparar portadas? La respuesta es sencilla: cualquiera que no haya vivido encerrado en un búnker durante la última década. Parece que todo se ha inventado ya, por lo que hay que reciclar de vez en cuando. Y ahora los trapos que vestía tu madre hace cuarenta años y que a finales de los noventa parecían andrajos de museo hoy son el paradigma del estilismo retro. Y a los modernos se la meten doblada con tiendas de segunda mano presuntamente chic. Lo bueno de todo esto es que, aunque sea así, siempre es algo positivo que se fuerce a escuchar buena música. Y eso es lo que fuimos a hacer el pasado 30 de marzo a la sala Joy Eslava. Y la verdad es que más o menos lo conseguimos, nosotros y casi mil personas más. Aquello parecía una postal, sí, y el concierto tuvo bastante cuerpo pero careció de alma. Y es que en estos tiempos calidad y cantidad al mismo tiempo es algo cada vez menos habitual.

 

Todo apuntaba a que sería un éxito. Los grandes medios dedicaron minutos y páginas a los niños rockeros tras la gran acogida que tuvieron en el Primavera Sound por un lado y la fiesta Myspace del pasado noviembre en la misma sala madrileña por otro. Y así fue, sold out y locura en la puerta para hacerse con una entrada. Y es que si algo suelen tener los booms mediáticos en materia de debuts musicales es una gran campaña de marketing detrás. Los hermanos Durham, para el que no los conozca, son tres adolescentes aventajados procedentes de Londres. Sobre las tablas les acompañan su padre, y afamado productor, Graeme Durham y su madre, y batería de The Raincoats, Ingrid Weiss. Todo queda en familia, vaya. Seguro que después del bolo los papás Durham obligan a las criaturas a hacer los deberes en el hotel. ¡Ah! Y que no se me olvide, también forma parte de las filas K,D&L el trompetista jamaicano Eddie “Tan Tan” Thornton. Su papel de la noche sería clave: hacer bailar a una cabra desaparecida.

 
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Los encargados de calentar los motores fueron los fantásticos Nu Niles. Comenzaron a las ocho y media en punto y su set no llegó a los treinta minutos. El tráfico, la prontitud y la excesiva puntualidad hicieron que me lo perdiera. Por echar la culpa a factores ajenos a mi persona, vaya. Asimismo también me perdí la actuación improvisada que hicieron Kitty, Daisy y Lewis a media tarde frente a la chocolatería San Ginés y en mitad de la calle. De modo que tuve que conformarme con lo que vendría después. Una sala abarrotada hasta los topes me rodeaba y el agobio se apoderó de mi persona. O quizá fue el olor a laca. En el escenario todo estaba colocado al milímetro. Parecía que hasta la caja de la armónica había sido cuidadosamente desgastada con una lima. Oh, ¡mira! Dos tupés emergiendo de detrás de las cortinas. E instantes después las dos hermanas irrumpieron en escena y abrieron la velada con una pieza a capella.

 

Y tras ésta casi todos sus temas y uno detrás de otro. “Buggin Blues”, ‘‘Polly Put the Kettle On”, “Honolulu Rock-A-Roll-A”, etcétera. Los que tienen, vaya. Musicalmente son impecables, a destacar la fantástica voz del joven Lewis y el desparpajo de Kitty Durham, del que carecen los otros dos. Los progenitores se limitan a permanecer en un discreto segundo plano, no vayan a restar relevancia a sus jóvenes polluelos. Todo el conglomerado combina el blues, el country, el swing y el Rock en una macedonia que convence en líneas generales pero flojea en muchos puntos y a veces se queda en un quiero, pero no puedo.

 
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A ver, que no se me malinterprete. Los tres hermanos tienen talento, eso es indudable, y se nota que han mamado como nadie de los tres Louies –Armstrong, Jordan y Prima- pero quien quiera asistir a un concierto de Rock ‘n’ Roll, mejor que se quede en casa escuchando los vinilos de su padre. Si vas al concierto sin saber el motivo de que sean los teloneros habituales de grupos como Mika o Coldplay es posible que te lleves un pequeño chasco. No obstante, si haces lo correcto y procuras no sobrestimar a Kitty y compañía, entonces, a ratos, te lo pasarás bien.

 

Dejando a un lado los molestos acoples, como el del contrabajo de Weiss, la técnica mediocre y que aún necesita ser curtida por unos cuantos años más de ensayos y la falta de tablas, que sólo puede otorgarte la experiencia, he de reconocer que tienen un directo aceptable. Y lo que desde luego sí que es un regalo de los dioses es la aptitud vocal de todos ellos. De igual modo, su versatilidad a la hora de rotar puestos y saltar de instrumento a instrumento como si fueran canguros en los scrubs australianos, es admirable. Aunque innecesaria. Impresiona que todos sean capaces de tocar la guitarra, la batería, la armónica, el banjo o el ukelele pero no gozan del suficiente virtuosismo como para provocar esos parones constantes y tan gratuitos entre canción y canción. Yo creo que su única pretensión es la de no aburrirse nunca, aunque cualquiera lo diría a juzgar por sus rostros impertérritos. Quizá sea debido a la concentración de quien no quiere cagarla.

 
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En cualquier caso, de lo que no se libran es de ser capaces de provocar el tedio en momentos puntuales. Aún me pregunto qué pretendían transmitir con ese bucle infinito a la armónica en el que una misma nota era repetida durante unos minutos eternos. Respecto a la jam que se marcaron en el último tramo de la actuación con una improvisación bluesera de primer curso de guitarra tampoco haré sangre, que con esas caritas me da un poco de cosa.

 

Acabada una primera mitad que no acabó de arrancar, salvo por momentos puntuales como la interpretación del hit “Going Up the Country”, entró en escena el curtido Eddie “Tan Tan” Thornton y su trompeta. Posee el talento suficiente como para haberse codeado con leyendas como Hendrix, los Beatles, Bob Marley o los Stones, pero en esta ocasión más allá de un toque caribeño a la velada lo único que aportó fue dotar al conjunto de una esencia similar a la de una orquesta de pueblo actuando en la Fiesta Mayor de un paraje extremeño.

 
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Recapitulando, que sí, pero no. Que les falta mucho pero aún así son resultones. Y que a ver si siguen cultivando su Mojo Working y llega algún momento en el que logren transmitir algo. Por ahora tan sólo buena música, y sin pasarnos. Al acabar te queda una sensación de vacío, queríamos que nos llenaran el cuerpo de Rock ‘n’ Roll pero no consiguieron ni tan siquiera desmelenar los engominados tupés o los flequillos gafapastas que saturaron el garito. Sin embargo, la cuestión de que falle el mecanismo no la tienen ellos, la tienen los henchidos periodistas que se pajean en exceso en las redacciones de los medios. Aquellos que ven en la ingenua Kitty como la sucesión natural de Kim Wilson y la tildan de “bestia parda a la armónica” o los que, aburridos de tragar mierda mediática sin pensarlo, creen que el bonachón de Lewis Durham es el Muddy Waters de nuestra era. Y claro, les encumbran a la categoría de niños prodigio o genios del hillbilly londinense cuando realmente son tres hermanos intentando hacerlo lo mejor que pueden. Si esto es el comienzo de una larga carrera, sin duda es inmejorable, pero mucho que me temo que su éxito se adaptará a los cánones de la moda hasta el final. Y las modas, modas son. Efímeramente cortas y carentes del alma que el Rock necesita para poder llamarse Rock and Roll.

 

Texto: Javi JB
Fotos: Pat Blanco
 
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