Crónica del BIME Live 2018

Por , el 14 - 11 - 2018

La mayoría de festivales, de una forma u otra, se parecen mucho, especialmente si hablamos de los veraniegos. Sin embargo, hay algunos que son distintos a los demás. Por el recinto en el que se celebran, su line-up o su filosofía. BIME Live lo es por todos esos motivos. A pesar de que el festival vizcaíno está fuera del circuito de giras masivas, consigue siempre aglutinar un plantel de artistas de primer nivel, focalizados especialmente en el pop rock y la electrónica de vanguardia. El BIME tiene lugar en el que es posiblemente el mejor recinto cubierto de grandes dimensiones de España: el Bilbao Exhibition Center de Barakaldo. Y menos mal, porque con el frío y la lluvia que cayó durante ese fin de semana, si fuera al aire libre habríamos acabado todos en el hospital de Tres Cruces. Además de todo lo dicho, está enmarcado dentro de una semana de actividades musicales, como el BIME Pro, que se ha convertido en el mayor encuentro europeo dedicado a profesionales del sector de la música, las nuevas tecnologías, los videojuegos y el marketing, o una amplísima oferta de conciertos gratuitos diseminados por todo Bilbao. Una inmersión cultural en el mayor sentido de la expresión.

Centrándonos en el BIME Live, abrieron la jornada del viernes los locales Unclose, rock electrónico a medio camino entre New Order y Depeche Mode facturado con elegancia, seguidos de Vulk, que volvieron a defender su título de ser el exponente más interesante del post punk vasco de la actualidad. Con Uniforms conocimos el teatro que tuvo que improvisar la organización en sustitución del que siempre habíamos disfrutado hasta el momento y que fue fagocitado por el montaje de los MTV Europe Music Awards. En el caso de este trío de Jaén las carencias del espacio no quedaron demasiado evidenciadas ya que su shoegaze distorsionado con ecos de My Bloody Valentine tiene suficientes decibelios como para sobreponerse con dignidad, pero más tarde sufriríamos sus limitaciones. Las del escenario Antzerkia, no las de Uniforms. Estas chicas tienen muy pocas y es un verdadero placer verlas en directo.

Más de lo mismo con Belako, que eligieron muy bien su setlist y nos hicieron descargar los primeros bailes de la jornada. Además, el alegato feminista, tanto en forma de camiseta, con Cristina luciendo el número 86 en referencia al número de mujeres asesinadas en lo que va de año, como en forma de lectura del fragmento de un artículo de la periodista Irantzu Varela, fue muy acertado. Seguidamente, de vuelta al Antzerkia para disfrutar, y sufrir, en el concierto de Damien Jurado. Disfrutamos gracias a grandes temas como “The Last Great Washington State”, “A.M. AM” o “Museum of Flight” y sufrimos con un volumen demasiado bajo, amortiguado además por cotorras insufribles y el ruido de las barras. Salvo el insalvable problema de las cotorras, la organización solucionó lo demás mejorando el sonido y cerrando las vallas en la siguiente jornada, pero el concierto de Jurado quedó totalmente empañado por estos contratiempos. De hecho, él fue el primero al que se le vio totalmente disgustado y que incluso murmuró “esto es un desastre”. A pesar de los pesares, fue una delicia escuchar su candidez acústica a dos guitarras.

Con Slowdive llegó el mejor concierto de todo el festival, aunque después de haberles visto varias veces desde su regreso, ya sabíamos que iba a ser así. Su disco homónimo del año pasado es de las mejores cosas musicales que le han pasado a esta década y su directo es lo más parecido al más bello de los sueños. Desde que irrumpieron con “Slomo”, continuaron con perlas preciosistas como “Star Roving” (mi preferida, sin lugar a dudas), “Alison” o “Sugar por the Pill”, para terminar con la versión de Syd Barrett “Golden Hair” fue como si les estuviéramos viendo por primera vez. Es curioso que, eliminado el factor sorpresa y de la novedad, sigan emocionándote igual. Claro que es lo que tiene ser el grupo perfecto. Genios creadores de la banda sonora de los mejores momentos posibles.

Resulta irónico que actuaran a la vez que una de las peores y más decadentes bromas acontecidas en la música española: Yung Beef. Incomprensible también que un festival de la talla del BIME se rebaje a contratar a un personaje tan esperpéntico por el mero hecho de que actúe (por llamarlo de alguna forma) encima de una jaula. En fin, le falta toda la clase que le sobra a Editors. Ya no derrochan la sobria oscuridad de la que hacían gala hace diez años cuando les vimos en el Ola! Festival de Almería sino que han mutado hacia un pop vagamente electrónico bastante más engolado, moderno y luminoso. Te guste más uno u otro, está claro que ambos roles tienen cosas interesantes, pero lo que está claro es que Tom Smith sigue preservando sus impecables aptitudes vocales. Da gusto verle entonando como un profesor de canto. Es evidente que lo que más disfrutamos fue el soft post punk de sus inicios con “All Sparks” y “An End Has A Start”, así como con ese tremendo hit llamado “Papillon”.

Mentalizados para lo que nos aguardaba a continuación, Aphex Twin, y deseosos de ver por primera vez a semejante figura de la historia de la electrónica, le vimos ultimar sus cacharros frente a un montaje de quince pantallas y volquetes de leds, antes de que nos vomitara en la cara su retorcida forma de entender el techno. Una vez que estuvo todo listo, dejó de ser Richard D. James para convertirse en Aphex Twin y empezar a facturar un IDM pesado y abstracto que en un comienzo fue acogido con indiferencia. De ahí se pasó a un distorsionado tribaleo seguido de un ambient atmosférico que fue aumentando sus beats a menudo que los visuales cada vez se volvían más esquizofrénicos. Fue entonces cuando empezaron a proyectarse en las pantallas todo tipo de personajes patrios deformados con la peculiar imagen del productor y deejay, que consiste en agrandar grotescamente ojos y boca. Así empezaron a desfilar desde políticos como Aznar, Rajoy o Pablo Iglesias, reinonas como la Pantoja o Julio Iglesias, faranduleros como La Veneno o Yurena, e incluso el dictador Francisco Franco, que fue acogido con silbidos y exabruptos varios. A partir de ese momento la sesión cada vez se volvió más abrupta, agresiva y experimental y los visuales más epilépticos. Quien hubiera ido a bailar, se había equivocado de show. El broche final fue un ruido prácticamente insoportable que fue interrumpido súbitamente por un silencio delicioso. “Aquí están mis cojones” parecía decir Aphex Twin acogiendo con una sutil sonrisa los desconcertados aplausos. Bravo. La jornada terminó con un poco de Kornél Kovács y la sesión de Daniel Avery, pero cuando realmente disfrutamos la electrónica del Gaua fue al día siguiente. En cualquier caso el irlandés nos había licuado el cerebro, así que a esas alturas no podíamos dar mucho más de sí.

El sábado, tras un precalentamiento con los indie-surf-poperos Rolling Blackouts Coastal Fever y la elegancia del pianista Nico Casal, se subieron a las tablas los neozelandeses Unknown Mortal Orchestra. Como comentaban los compañeros de Mondo Sonoro tras su reciente visita a Madrid, “si un grupo extraterrestre hiciera pop, no le saldría aquella simpática pachanguilla jazz de Tatooine de Star Wars, sino más bien esto”. Nos cuesta mucho sentir algún tipo de emoción escuchándolos, y a juzgar por la respuesta del público no somos los únicos, pero desde luego tienen una seña de identidad propia y, de vez en cuando, mucho groove. Después se produjo uno de los solapes más dolorosos del festival: el de Kurt Vile & The Violators y Sun Kil Moon. Nos decantamos por el primero y no lo lamentamos, a pesar de la nefasta crítica que habíamos leído esa semana en El País sobre su paso por el Teatro Barceló. Básicamente parecía que le habían obligado a ir al concierto y le pareció una turra inmensa. La cuestión es que no es el único que piensa así y es fácil comprender por qué. El tono de su voz, la manera que tiene de entonar y la evidente linealidad de sus composiciones puede resultar una experiencia bastante soporífera si no logras meterte en el concierto. Además, es imposible que te caiga bien, que tampoco es un requisito indispensable para apreciar su música, pero oye, influye. Y sin embargo, a pesar de todo lo dicho, a nosotros nos encantó. Sucede un poco lo mismo que con “On the road” de Kerouac, puede parecerte un tostón o un viaje apasionante. Kurt Vile no comparte la genialidad con el escritor, pero sin duda tiene algo.

Stephen Malkmus & The Jicks no consiguieron atraparnos con la misma intensidad, pero cuando su música no lo hacía siempre podías torcer el gesto en forma de sonrisa cuando hacía cosas sin una justificación de peso como llamarnos cabrones o retozar de manera más o menos virtuosa con la guitarra. Su combinación de languidez e ímpetu en la onda de los Replacements, pero si su desbordante inspiración, hasta que tocó los dos míticos temas de Pavement, “Starlings of the Slipstream” y “Stereo”, grupo del que, por cierto, fue frontman. Mientras tanto, la cantautora sueca Ionnalee, líder del proyecto iamamiwhoami, ofreció un espectáculo que no pudimos ver en su totalidad, pero que desde luego demostró sus virtudes interpretativas en directo, al combinar música y baile sobre un telón de proyecciones visuales.

MGMT es un grupo a todas luces sobrevalorado, pero hay que reconocer que, entre los tres temas que todo el mundo conoce, “Electric Feel”, “Time to Pretend” y el que es su himno y cierre indiscutible, “Kids”, el montaje visual y complementos como hinchables gigantes o alguna interpretación sobre una bicicleta estática, hacen el concierto bastante entretenido. De todos modos, lo más interesante a esa hora era la actuación de José González. Subsanados todos los errores logísticos del escenario Antzerkia, el concierto del sueco fue uno de los mejores de todo el fin de semana, además de una experiencia intimista y sobrecogedora. Sus temas más celebrados fueron la popular “Crosses”, así como las versiones que le dieron la fama, “Heartbeats” de The Knife y “Teardrop” de Massive Attack, pero cada una de las joyas que interpretó armado únicamente con su preciosa voz y su guitarra, nos conmovieron hasta la médula.

Era la segunda vez que veíamos en directo a GusGus este año y nos desagradaron incluso más que la primera, aunque sospecho que responde más a que se trata de la antítesis de nuestros gustos musicales, a pesar de nuestro amor por la electrónica, que porque realmente sean así de abominables. Lo bueno es que fue un contraste tan grande con lo que vino a continuación, el gran Jon Hopkins, que incluso reforzó lo que disfrutamos la actuación del productor inglés. El live de presentación de su último trabajo, ‘Singularity’, fue un viaje tan intenso como emocionante. A ratos nos quedamos anonadados con la perfecta conjunción entre música y movimientos de dos bailarinas que giraban lo que parecían espadas láser de Star Wars, a ratos bailamos un techno orgánico repleto de arreglos exuberantes. Los visuales ayudaron a recrear un magma rítmico dentro del cual simplemente nos dejamos llegar en lo que fue una hora de la mayor elegancia electrónica que se puede escuchar en directo junto a otros artistas como Kiasmos, también un show destacado en la edición de 2017.

Llegaba la recta final y con ella el momento de quemar en la pista de baile las escasas fuerzas que nos quedaban. Comenzamos con Four Tet, desgraciadamente en formato dj set, pero que aún así ofreció una magnífica sesión de minimal melódico. Decidimos concluir nuestro paso por el BIME en el Gaua para ver cómo se las gastaba Nina Kraviz en esta ocasión. Llevábamos muchos años viendo a la deejay rusa en festivales como el Klubbers o el Dreambeach y nunca nos habíamos llevado una impresión especialmente positiva ni de su estilo, ni de su selección. Sin embargo, en esta ocasión nos voló la cabeza. Desató una tormenta de hard techno con una precisión, heterogenia y energía que nos impedía irnos a la cama a pesar de que nuestro cuerpo lo pedía a gritos. Tuvimos que convulsionarnos hasta que encendieron las luces, porque fue una sesión realmente impresionante. Todo el festival lo fue, en realidad. De hecho, incluso se nos olvidaron dolorosas cancelaciones como las de Fever Ray y su sustituta M.I.A. Pero es que es imposible salir descontento del BIME Live. Es un festival realmente especial y por lo tanto, ineludible.


Texto: Javi JB
Fotos: BIME
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