Crónica del Mad Cool 2018

Por , el 30 - 07 - 2018

A estas alturas ya tenéis que haber leído medio millar de comentarios en redes sociales, una docena de noticias y artículos y alguna que otra crónica de lo que fue el Mad Cool Festival. Nunca se había escrito y debatido tanto sobre un festival como sobre este, ni tan siquiera sobre el FestiMad 2005 y sus famosos disturbios incendiarios, aunque de eso tiene más culpa la sobreinformación actual, que el hecho de que aquel suceso u otros que le han sucedido fueran menos relevantes. Cualquiera que no haya asistido al evento celebrado los pasados 12, 13 y 14 de julio en Valdebebas y se haya guiado únicamente por las noticias, pensará que estuvimos en algo parecido a la guerra de Vietnam. Politiqueo, sensacionalismo y una serie de intereses enfrentados, han provocado que en vez de informar de algunos errores organizativos se haya emprendido una campaña de acoso y derribo contra el Mad Cool. Dicho esto, hay que admitir que hay bastantes cosas que mejorar, tanto en este caso concreto como en el mercado festivalero español, pero eso es una cosa y otra pintar lo vivido allí como si fuera el juicio final de Fra Angelico.

De igual modo que hay cosas que se deben cambiar, otras muchas se deben preservar y alabar. Porque, con sus 80.000 asistentes, el Mad Cool no solo fue el festival más grande de la historia de España, sino también una experiencia increíble. Una infraestructura espectacular, un sonido impecable y sobre todo un cartel histórico que recordaremos el resto de nuestra vida, nos han convencido para que solo vayamos a explayarnos en este punto, obviando todo lo referente a los accesos colapsados y saturación de barras del primer día o la escasa preparación de varios trabajadores. Los abonos son caros y por ello hay que exigir lo mejor, pero no por ello perder la perspectiva de lo que es organizar un evento como este y las oportunidades brindadas a todos sus asistentes. Recapitulando, hubo muchas más luces que sombras y el balance general es más que positivo. El Mad Cool fue, después de todo y pese a los pesares, un festival impresionante.

Jueves

Como apuesto a que si no estuvisteis allí, tenéis ya una idea de cómo fueron casi todos los conciertos aunque solo sea gracias a los stories de Instagram de vuestros contactos, procuraremos ser lo más concisos posibles. Empecemos por el principio: Eels. Mark Oliver Everett vino presentando ‘The Deconstruction’ y aún desbordados por el exceso de estímulos de la llegada, no logró que nos metiéramos en su set. Y eso que empezó festivalero, con versiones no excesivamente inspiradas de Prince y The Who. Por lo demás, correcto. Desde luego más que Fleet Foxes, incapaces de trasladar al escenario principal su folk de cámara. Resultan la banda sonora perfecta para un viaje por carretera, pero todo un sopor en directo. No tenía mucho sentido quedarse ahí teniendo a un inmenso Leon Bridges y su desmesurado derroche de clase o a Fidlar repartiendo estopa en el Madrid Radio Station. Éstos nos sonaron mucho más crudos y energéticos en el FIB de hace dos años, pero desde luego dieron un buen concierto. Ese revival de punk rock californiano noventero nos resulta irresistible. Acto seguido, los autralianos Tame Impala, facturaron uno de los mejores conciertos del fin de semana. Confeti y visuales psicodélicos acompañaron a un sonido tan cristalino que costaba creer que fuera en directo. Su fusión perfecta de pop y electrónica logró una atmósfera cálida y embriagadora que resultó realmente.

Con el alma templada corrimos a coger sitio para el mayor reclamo de todo el festival: Pearl Jam. Más de una década de espera que, tras dos horas de levitación rockera, mereció sobradamente la pena. Eddie Vedder y los suyos diseñaron el setlist para complacer hasta al más indiferente, basado mayoritariamente en esa obra maestra llamada Ten, con canciones inmortales como “Jeremy”, “Black” o “Alive”, aunque igualmente todos los temas rescatados del resto de su discografía fueron himnos. El carisma arrollador de Vedder, leyendo en español macarrónico de un papel, la brillantez de Mike McCready a la guitarra, la íntima y preciosa “Just Breath” erizándonos hasta las pestañas y un acertado clip en el que los actores Luis Tosar y Javier Bardem clamando en contra de los abusos sexuales, fueron los contrapuntos de un concierto prácticamente perfecto. Sin lugar a dudas y con el cover de “Rockin’In the Free World” aún palpitándonos, uno de los conciertos de nuestra vida, igual que lo fue el de Neil Young de la primera edición del Mad Cool.

Nos perdimos al hortera de Post Malone, que por algún motivo suscitaba nuestra curiosidad, así que huimos de la insípida e incomprensiblemente sobrevalorada propuesta de Kasabian para ver a uno de los mejores grupos de punk rock españoles del momento: Biznaga. Les hemos visto sonar impecables tanto en una casa okupa como en la sala Caracol. Aquí no fueron menos y demostraron que tienen buenos temas para dar y tomar. Del escenario Thunder Bitch a bailar un rato en The Loop con la apuesta segura de Justice. El directo del dúo francés es algo de lo que nunca te cansas. Su espectacular puesta en escena te estalla en la cara de forma que solo aciertas a sacudirte como si tuvieras tarántulas trepando por tu cuerpo. No quiso perdérselo ni Kevin Parker de Tame Impala. La jornada llegaba a su fin, pero aún nos quedaba un grupo ante el rendirnos: Japandroids, una de las formaciones de garage punk más interesantes de la actualidad. Es asombroso ver la que pueden liar únicamente dos personas a los que les rebosa el rock como el magma en el Kilauea. Simplemente brutales. Acabamos el día brindando en la distancia con los hits de MGMT, “Kids” o “Electric Feel”, y quemando las últimas fuerzas con el techno de Maya Jane Coles.

Viernes

Real Estate ponían música al atardecer con su pop rock preciosista que, aunque pensábamos que nos iba a emocionar un poco más dado el inspirado disco que publicaron el año pasado, resultó el acompañamiento perfecto para la primera cerveza del día. Ellos y el siempre revelador White Buffalo, del cuya voz nos enamoramos gracias a la serie Sons Of Anarchy. No era el entorno más apropiado, pero con “Come Join The Murder” nos volvió a derretir el corazón. De ahí corriendo a saldar una deuda más que pendiente con uno de los conciertos más esperados del Mad Cool: At The Drive-In. Salieron a arrasar con todo y arrasaron. Cedric Bixler desatado y transmitiendo su locura a un público que no supo responder de otra forma que pogueando. Repasaron su brillante Relationship of Command de arriba abajo y hicieron que su post hardcore no fuera otra cosa que hardcore desquiciado cincelado con un talento brutal, con un cierre demoledor con “One Armed Scissor”. La caña eso sí, no acabó ahí, porque tras los puestos de comida se encontraban Marmozets demostrando porque están dando tanto que hablar. La respuesta se sintetiza básicamente en la figura de su versátil cantante Becca Macyntire. No es que tengan grandes himnos pero son enérgicos, rabiosos y con un directo tremendamente efectivo.

Para nosotros Snow Patrol es uno de esos grupos que todos tenemos en nuestro haber: tienen un protagonismo significativo en tu vida durante un tiempo y después los relegas, muchas veces injustamente, al olvido. En este caso escuchamos mucho sus cuatro primeros discos y después, por alguna razón, los olvidamos. Una década después volvimos a reencontrarnos con sus canciones y de nuevo nos sorprendimos de lo buenas que son “Run”, “Open Your Eyes” o “Chasing Cars”, tocadas con absoluta humildad, sinceridad y cariño. Fue una delicia. Tanto como descubrir a la banda femenina Goat Girl y su lacónico indie rock noventero. Todo un acierto.

Turno para Jack White. Rebozado en el aura que emana el personaje que se ha creado y acompañado por una banda bastante discreta para lo que son sus excesos experimentales, subo cabalgar con inteligencia sobre sus temas más tediosos y aquellos que lograban despertar al público y conformaron la mitad del setlist, es decir, los del grupo que le dio la fama: The White Stripes. No obstante, también hubo lugar para un tema de Dead Weather y otro de los Raconteurs. El cierre, eso sí, protagonizado por sus temas más significativos para que todo el mundo se fuera con buen sabor de boca: “The Hardest Button to Button”, “Ball and Biscuit” y, cómo no, el himno de todos los estadios de fútbol del mundo: “Seven Nation Army”. Mientras tanto, Odesza convirtió la carpa, cuando aún no eran ni las once, en lo que más bien parecía el sótano de un club a las cuatro de la mañana. El dúo electrónico estadounidense, acompañado por otro par de trompeteros, desplegó un show lleno de subidas y bajadas en el que incluyó la mayoría de sus éxitos de indietrónica, chillwave y future bass, junto unos visuales oníricos de gran calidad. Pura diversión.

Dado que Artic Monkeys nos interesaban lo justo, aunque los hubiéramos visto con más interés que los diez minutos de rigor si no hubiera sido porque coincidían con otras cuatro propuestas más atractivas, fuimos a disfrutar del magnético Sampha. Su fusión de electrónica, percusión y RnB es exquisita y en directo sabe como transmitirte su pasión. Una de las grandes sorpresas del festival, perfecto para limpiarnos la mente de cualquier resquicio de broza para recibir al otro gran nombre del grunge presente en el cartel: Alice In Chains. O dicho de otra forma, el cuarteto de Seattle compuesto por Jerry Cantrell, Mike Inez, Sean Kinnev y William DuVall, el vocalista encargado de sustituir al insustituible Layne Staley desde que las drogas lo mataran en 2002. Es por ello que los temas de la última época es más fácil apreciarlos que los grandes himnos del grupo, ya que es entonces cuando se produce la odiosa comparación del actual cantante con el genio perdido. Sin embargo, es imposible no sucumbir a piezas indispensables de la historia del rock como “Man In The Box”, “Nutshell” o “Rooster”, que supuso la guinda de un concierto a la altura de la repercusión de sus influyentes creadores.

Al mismo tiempo tuvieron lugar dos propuestas electrónicas tremendamente interesantes: James Holden & The Animal Spirits y Paul Kalkbrenner. No pudimos dedicarles demasiado tiempo a ninguno de los dos, pero por lo que pudimos ver el productor británico fusionó su IDM psicodélico con música étnica en formato concierto que resultó de lo más interesante. Por su parte, el afamado productor berlinés hizo lo que mejor sabe hacer: desplegar su ristra de hits, básicos para entender la música de baile contemporánea, y hacer que el público no bajara la guardia en lo que duró su sesión. La verdad es que es un deejay al que veríamos cada fin de semana. El siguiente grupo que iba a subirse al escenario del Loop es el que más interés suscitó, a jugar por cómo se abarrotó la carpa, de todo el fin de semana: Massive Attack. Pero bueno, ya sabéis lo que ocurrió, tras una hora de espera apareció el siguiente mensaje en las pantallas: “Massive Attack cancela su concierto en Mad Cool justificando molestias de sonido de otro stage”, es decir, del de Franz Ferdinand, ubicado en la otra punta del recinto. Son de sobras conocidas las exigencias de la banda liderada por el presunto Banksy y si no se atienden al milímetro, especialmente en cuestiones de sonido y que no haya ningún otro grupo tocando durante su actuación (algo complicado en un festival con siete escenarios) pues pasa lo que pasó. Una pena, porque estamos seguros de que hubiera sido un show magnífico.

Hubo que contentarse con los dos últimos conciertos del viernes: The Bloody Beetroots y La MODA. Los primeros se prodigaron mucho por los festivales electrónicos españoles de hace unos años pero de pronto dejaron de hacerlo. Esto era por lo tanto su regreso, al menos en lo que nuestra experiencia personal se refiere, y no fue tan divertido como recordábamos, aunque no sabría decir si es más culpa de ellos o de nosotros, pero sospecho que de ellos. De todos modos, aunque solo fuera por los covers espídicos de Refused y los Chemical Brothers, nos hicieron pegar algún que otro bote. Por su parte, La Maravillosa Orquesta del Alcohol hizo cantar a varios miles de personas cuando hasta hace poco tiempo estaban tocando en bares frente amigos y familiares. Un orgullo haber podido presenciar el ascenso del grupo burgalés. Los últimos ritmos fueron a cargo de Erol Alkan y su resolutivo techno house.

Sábado

Una de las razones del colapso del jueves fue que la organización no esperaba un aluvión tan multitudinario de gente desde primera hora, pero es que el cartel resultaba impresionante cada día desde la apertura de puertas. El sábado fueron Wolf Alice los responsables de dar el pistoletazo de salida de la jornada de clausura. Sabíamos que no iba a resultar un concierto tan memorable como los dos que pudimos disfrutar en la Riviera, pero aún así fue un deleite absoluto. Es uno de los grupos más interesantes de la escena de rock alternativo de la actualidad y su eclecticismo nos resulta adictivo. Se les nota mucho que han perdido bastante interés en su debut My Love is Cool y ahora quieren tirar más por los derroteros de Visions of a Life, pese a que, aún siendo un gran disco, es compositivamente inferior al primero, por lo que el setlist estuvo prácticamente basado en los nuevos temas. Sea como sea, Ellie Rowsell es una musa de nuestra era.

Dado que íbamos a ver a Rag’n’Bone en el FIB, decidimos irnos a otro escenario, sin saber que días más tarde iba a cancelar su actuación en Benicassim, pero aún así no fue una mala decisión porque pudimos disfrutar del derroche de carisma de LP, una versión queer y fumeta de la primera Alanis Morrisette. Magnífica voz y actitud bajo el sol de la tarde. Hurray for the Riff Raff no se quedaron atrás con su derroche de rock and roll, que nos hizo coger fuerzas para el sopor que nos produjeron tanto Kaleo como Jack Johnson. Nada que objetar a nivel técnico, ambos tienen dotes suficientes para defender con dignidad sus composiciones, pero lo que nos estaba pidiendo el cuerpo es lo que estaba a punto de acontecer: hip hop y hard rock de alto voltaje.

Kase.O es uno de los mejores raperos de la historia de Europa. Muy probablemente el mejor. Y es un comentario tan excesivo como incuestionable por su objetividad. Da igual en qué proyecto se vea en vuelto, Violadores del Verso, Jazz Magnetism o en solitario defendiendo esa brillante obra llamada El Círculo: siempre que le ves sobre una tarima piensas que ese hombre es el flow encarnado. Además, desde que le ha entrado la vena amorosa, el buen rollo que desprende es ilimitado. A fuerza de los mejores temas de su disco y mashups varios de los clásicos de Doble V, nos pintó la sonrisa en la cara gracias a momentos como el protagonizado junto la invitada sorpresa Rozalén para cantar a dúo “Mazas y Catapultas” o consignas como “Que arda la Manada” o a favor de los refugiados palestinos.

Al mismo tiempo, uno de los grupos más esperados del día, Queens Of The Stone Age, se rebozaron en su frenesí desértico con cierta desidia pero con un admirable potencial que les sale de forma natural y sin apenas esforzarse. Josh Homme destiló su característica chulería de principio a fin, con alegato cuñado incluido animando al público a saltar la valla para colarse en la zona VIP y acabó el concierto haciendo una performance en la que simulaba destruir el escenario. No contento con eso me puso de sombrero su toalla sudada en el backstage, pero a parte de todo el paripé, también hizo un gran setlist con dedicatorias a Depeche Mode (“Make It Wit Chu”) y NIN (“A Song for the Dead”) incluidas.

Esos dos grupos eran los platos fuertes que llegaron a continuación, pero antes teníamos que disfrutar del magnífico directo de los blues rockers Rival Sons. Ya nos demostraron en el Azkena Rock que están en plena forma y aquí volvieron a hacerlo tirando de repertorio clásico y mucho savoir faire. Aunque si ellos saben lo que se hacen, qué decir de Depeche Mode, que llevan toda la vida haciendo lo mismo, viviendo de las rentas de sus clásicos y funcionando como cabezas de cartel de festivales un año tras otro. Hay que admitir que son animales escénicos y verles interpretar canciones inmortales como “Stripped”, “Personal Jesus”, “Enjoy the Silence” o “Just Can’t Get Enough” es siempre una satisfacción, a pesar de que en esta ocasión no sonaron excesivamente bien y faltó presión, sorprendentemente dado que fue la tónica habitual en la mayoría de conciertos. Algo me dicen que no les quedan muchos años de giras, así que un placer poder disfrutar todavía de un grupo tan influyente como este.

Lo que ocurrió acto seguido fue algo impresionante. Nine Inch Nails nos brindó un concierto sublime. Un huracán. Una catarsis. Probablemente, la mejor descarga de intensidad de todo el Mad Cool, aunque es difícil afirmarlo con rotundidad dada la heterogeneidad del festival, pero desde luego vivimos algo irrepetible. Esa combinación irreal de rock y electrónica, producto de un delirio industrial orquestado por ese genio llamado Trent Reznor, que nos sacudió desde el inicio con “Somewhat Damage” y no dejó de hacerlo con “Shit Mirror”, “Closer” la versión “I’m Afraid Of Americans” de Bowie o la canción final, éxtasis de emotividad sublime, “Hurt”.

A partir de aquí ya solo podíamos ir cuesta abajo y sin embargo pudimos disfrutar de un final de festival tan perfecto como delicioso. Richie Hawtin abrasó la carpa con su genialidad a los platos mientras Jet hacía gala de su one hit wonder “Are You Gonna Be My Girl?”. Sin embargo y de forma totalmente inesperada, lo más interesante lo encontramos en el Cool Stage de la mano del nombre más mainstream de todo el cartel: Dua Lipa. Fue como ver un videoclip de la Mtv en directo en el que todo es impostado, coreografiado y medido al milímetro, pero hay que reconocer que no podría estar mejor planificado. Dua Lipa ha nacido para ser una estrella del pop y sabe defender estoicamente su rol. Sus canciones son píldoras azucaradas que suenan realmente bien y nos hicieron hasta plantearnos que se conviertan a partir de ahora en un guilty pleasure.

Por último, los raveros enloquecidos de Underworld pusieron el broche que necesitábamos para acabar de quemar las pocas fuerzas que a esas alturas del fin de semana aún conservábamos. Aunque solo hubiera sido por los soberbios himnos festivos de “Rez” y “Cowgirl” que precedieron a uno de los mejores temas de la historia de la electrónica, “Born Slippy” ya hubiera logrado ser lo que fue, uno de los mejores lives technófilos del año. Y esto fue todo. Los números de todo lo relatado aquí dan una idea de lo que fue el Mad Cool: cincuenta kilómetros recorridos a lo largo de siete escenarios para ver medio centenar de conciertos. Una experiencia brutal.


Texto: Javi JB
Fotos: Mad Cool
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