Crónica del Shikillo Festival 2016

Por , el 26 - 08 - 2016

Nunca 30 euros habían dado tanto de sí. Conciertos, graffitis, actividades, bullicio, viejas glorias de la música, exposiciones, sensación de alegre hermandad, piscinas naturales para todos y un entorno único durante tres días completos. La suntuosa oferta del Shikillo en este 2016 lo sha situado con mayúsculas en en el calendario musical de agosto, y no podíamos perdérnoslo. Compitiendo en el mismo fin de semana con un Juerga’s Fest de casi idéntico cartel, el resultado fue una apuesta a caballo ganador que merece ser contada.

Y es que el festival parece dispuesto a demostrar año tras año que Candeleda es una fiesta. Y con este ya van cinco.

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Y es que hay proyectos en los que merece la pena creer. Algunos nacen a lo grande, otros se construyen a sí mismos con la fuerza de aprender. En el año 2012 nacía el Shikillo Kandefest como una pequeña congregación de público que no pudo durar más que un día. Sinkope, Kaxta, Luka Sinraza, Superficie y Piece of Change llenaron de ilusión un cartel que inauguraba a lo grande esta historia. Hoy, ha crecido hasta convertirse en todo un referente nacional.

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Como un merecido baño de sudor y adrenalina, llegaba el pasado 4 de agosto el shikillo a nuestras vidas. Con un cartel entre rompedor y nostálgico y un encuadre privilegiado, el festival abanderado de Ávila desde hace unos años tenía todas las cartas a su favor para volver a ofrecernos una edición perfecta.

Sobre la mesa, decenas de grupos programados. El Shikillo nos lo ha puesto difícil este año a todos aquellos que queremos hacer crónicas. Aunque bien podría resumirse en tres palabras: constante, variado y excelso. Desde el reggae al heavy metal, pasando por el rap urbano, el punk agresivo de marca o el flamenco fusión más castizo: la música nunca dejó de sonar. Candeleda nos ha ofrecido un hermanamiento de géneros brutal y sorprendente, precursor de una variopinta masa de público que pareció entenderse a la perfección.

El punk vino de manos de grupos como Rat-zinger y su rabioso directo, repleto de hardcore descuidado y mucha agresividad; y del eterno Evaristo Páramos, que con su Gatillazo infalible consiguió reunir al público a base de una dilapidación de majestuosos temas de 2 minutos.

Boikot llegó para vencer como siempre. Patrimonio musical de ya varias generaciones, la banda madrileña se enfrentó sin miedos al calor, al polvo y a las seis de la tarde. Demostraron, una vez más, por qué siguen siendo los reyes de los festivales españoles.

Otros no consiguieron convencer todo lo que se podría haber esperado. Molotov, cabezas de cartel y leyendas del rock deslenguado, motivaron más por míticos que por un directo contundente. Tiraron de clásicos para intentar convencer al público, que sólo explotó cuando ‘Puto’ puso la guinda al concierto. En el mismo rango nos encontramos a Skindread (de glorioso directo, que pareció encontrar al respetable cansado), o a los londinenses Foreign Beggars, cuyo hip hop electrónico pareció una mala elección para el público avilés. Quizá fuera un dubstep demasiado exigente para quienes habían ido a escuchar rock.

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Pero hablemos de la fuerza, de los pogos. Sobresaliente a los Narco, cuyo directo es ya un imprescindible de la escena. Eufóricos, alterados, hacen explotar la música y es imposible no entrar a formar parte de su orgía anti-iglesia y anti-todo que acaba con los platos rotos. En sentido figurado, en sentido literal. Desakato hicieron explotar el terreno con su ímpetu asturiano. A base de unas composiciones consistentes y un directo arrollador, este joven grupo se ha ganado una base de seguidores que aseguran que sus conciertos vayan a ser una fiesta.

No dejaremos pasar esta crónica sin mencionar a La M.O.D.A. Porque arrasaron vitales, sinceros. Había quien pensaba que La Maravillosa Orquesta del Alcohol no pintaba nada en un cartel de estas características. Había quién los llamó indies: realmente no se ha enterado de nada. Porque el rock no sólo depende de revoluciones por minuto o de frenéticos riffs. Y joder, ellos son rock en estado puro, decadencia y vitalidad teñidos de una nostalgia de blues clásico. Y su directo es enorme, a pesar de haber sido programado para horas muy tempranas. Clase magistral de cómo emocionar al público.

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¿Razones para volver al festival? El ímpetu de su organización, que lucha contra viento y marea por hacer algo muy grande de unos comienzos humildes. Por el desfile de pequeños grupos que completaron una oferta musical excelsa y que nos descubrieron sonidos que nunca hay que dejar pasar. Volveremos por los cuatro escenarios en activo, las piscinas naturales, y (poniéndonos prácticos) mención especial a unas duchas en el camping que jamás acumularon colas demasiado largas ni dejaron de funcionar. Volveremos por el espíritu de los pequeños festivales, que con 15.000 personas se nos antojan más cómodos y accesibles que la cita más internacional del verano. Volveremos porque los conciertos nunca se solaparon, y la masa (que comprendía entre adolescentes en su primer festival y rockeros nostálgicos de los ochenta) transmitió un espíritu de primera. Hay que volver por la magia, chavales. Hay que volver por el rock.

Volveremos al Shikillo. Porque quizá al final la vida sea un poco eso: perderse en la sierra avilesa, pasar tres días sin móvil, sin cobertura, sin tiempo para las resacas porque hay demasiado que ver, demasiado que bailar, convertirte en una masa que siente la misma música. Puede que la vida esté en cantar con Los Chikos del Maíz sobre la vergüenza de este sistema corrupto, en sentir cómo nos odiamos con las letras de Evaristo, en volverse loco con el drum ‘n’ bass de Dremen. Es olvidarte de los problemas de la ciudad cuando bailas con Boikot, con Talco y Zoo. La vida es expulsar la rabia con Skindread, y con Narco, y gritar la felicidad de Shotta, o sentir la música con mayúsculas de Kutxi, de Juanito Makandé, de la Maravillosa Orquesta del Alcohol.

No sé. Quizá la existencia al final sólo sea un festival en el que sentirse vivo.

FOTOGRAFÍA: Héctor Vila

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    1 comentario

  • Yo dice:

    Vaya crónica más pelotera, acampada pequeña, nefasto camino acampada-recinto, bus lanzadera que no pasaba, consumicion minima en tickets 10€, muy mal shikillo!

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