Enrique Morente – Veranos de la Villa, Jardines de Sabatini (Madrid) 13/08/2010 – Querencia, quejío y maestría en los jardines de Palacio

Por , el 18 - 08 - 2010

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Enrique Morente conmueve, por su cante, su gusto por rodearse de jóvenes, de involucrarse en proyectos variados con músicos de otros géneros, por respetar la tradición y por renovar el género flamenco. Y todo con mano maestra, con el buen tino del artista hecho a sí mismo, con un don especial y un fraseo espectacular. Porque Morente logra transmitir la esencia del flamenco, esa esencia que no se ve pero se siente, se escucha y se respira.

 

En directo se rodea de una numerosa ‘troupe’ de lujo. Un elenco de nueve personas (palmeros, cantaores, guitarras, cajón y percusiones, teclista y bailaores) de primer nivel. Entre los cantaores dos grandes como Ángel Gabarre y Antonio Carbonell, junto a su hijo el joven Enrique Morente, del que aventuro un gran provenir porque su registro y su destreza vocal no hacen más que ganar con los años (le vi hace cuatro años y ya era un portento). A las guitarras un maestro como David Cerrezuela, demostrando una clase y elegancia descomunales, mimando a la guitarra, extrayendo toda clase de arpegios y luciendo el sonido de las seis cuerdas. Junto a él y como segundas guitarras su hijo Israel y Monty Melón. Bandolero al cajón y las percusiones. Y como palmeros y al baile Pedro Gabarre e Isaac de los Reyes, formidables y con dos maneras de entender el baile, una más vistosa y robusta, con más lucimiento y otra pura pasión.

 

Ni tan siquiera el aire logró enfriar semejante muestra de poderío, a pesar de que a veces se acoplaba el viento en la microfonía. Un lugar real donde la nobleza se rindió ante la música del pueblo, que conquistó a todos por igual. Y eso a pesar de los precios cada vez menos populares. Morente ofreció su particular visión del flamenco, a base de de soleares, martinetes, tangos, bulerías, nanas, alegrías, fandangos, malagueñas y otros ramos del género. Y conquista desde ese primer momento en el que en corro se junta con sus nueve compadres ante un micrófono y en el que se ‘desnudan’ ante el público a capella y con palmas. Muestra de que aquí no hay trampa, sino entrega y devoción por tocar en público, y una manera de darse al natural.

 

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Un repertorio exquisito que revivía la memoria de Pablo Picasso con “Autorretrato”, que contiene la letra de Pericón de Cádiz (con su hijo entre el público, así como el hijo del barbero de Picasso), así como un homenaje a Nelson Mandela y a África, recuperando ‘El pequeño reloj’ (2003), ‘Sueña la Alhambra’ (2005) (magnífico ese inicio con “Martinete”) y ‘Pablo de Málaga’ (2008). Momentos sentidos, con Morente como capitán del barco. Una mesa que sirve para que los cantaores la utilicen como instrumentos percusivo. Y unos versos que calan hondo “Quiero morir siendo amanecer / quiero morir sin pensar en el ayer”. Y para rematar el espectáculo de nuevo toda la ‘troupe’ en corrillo de pie, como cerrando la cuadratura del círculo, en familia y en armonía, en un amplio agradecimiento al público presente. La música del pueblo en los jardines de Palacio, porque el flamenco tiene un reinado popular. Hora y media del flamenco en su grandeza.

 

Texto: Andrés Castaño
 
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