Nacho Umbert & La Compañía – Teatro Lara (Madrid) – 20/12/2011

Por , el 22 - 12 - 2011

Tan sólo doblando tres esquinas hacia la derecha y desdoblando otras cuatro a la izquierda llegué al destino y allí habíamos quedado unos cuantos para disfrutar de la despedida del grupo Cataluña y Baleares, equipos destacados que despuntan en nuestro país, organizados con ardid y ocurrencia por Vertical Pop. Todo un regalo. No importó que entre ellos faltara Antonia Font, a pesar de que muchos lo echaran de menos estos días en Madrid. Y los cuentos, no castigados en baúles de música abandonados por un mercado que parece huir de ellos, que volaron y hechizaron a los allí presentes nos los obsequió Nacho Umbert y la Compañía de sus cuatro músicos, engatusando a los que tenían enfrente.

Entre esas calles, hasta allí llegar, cruzando la Gran Vía y pasando por Fuencarral, uno se puede cruzar con prostitutas que salen de sus “casas de sombreros”, chavales, algún moderno que trata algún asunto capital, cajeras de supermercados, luces de boutiques de moda, chicas espectaculares que provocan colapsos y ardores de mal pronosticar, gimnasios donde los muchachos compran lociones de “fiera sexual”, alcaldes, curas e, incluso, algún pariente lejano de Benidorm.

Dejando atrás a la gente, como si fuera un flautista alemán, asomando la cabeza en esos paisajes de personas y parejas que uno se cruza cada día en su vida, Nacho Umbert convierte lo humano en canciones donde fantasear sobre rimas perfectas o versos en catalán; mágicos y contagiosos otras veces, alegres y casi delirantes, como lo hace en “El mort i el degollat”, sobre un proverbio valenciano que habla de no caer en la hipocresía.

En hora y media, como si se tratara de la primera cita que tienes con tu pareja, quiso dar lo mejor de sí mismo. El público se lo agradeció con creces. Todos salimos con una sonrisa en los labios. Ni siquiera cualquier novato de ala ancha hubiese sospechado dónde habría llegado a parar. No hace falta hablar de aquellos que hacen enarbolar la bandera de la modernidad. Sólo de estos que tienen en sus manos la elegancia del saber deleitar. Cualquier princesita, al salir, se hubiese convertido en un pivón y el resto silbando sus temas, rimando con fascinar.

Nacho Umbert es un corredor de fondo, atrevido en sus letras (“tengamos la puta fiesta en paz, acomete en “Nuestra especialidad”, donde sentencia después diciendo eso de “es la guerra, es Navidad”, con el acompañamiento de unas matasuegras deliciosas).

Claro, si este superhéroe de un país tropical, aunque haya perdido su manual varias décadas atrás, ha vuelto bien acompañado todos podemos estar de enhorabuena, ¿no es verdad?. Y sus canciones, esmeriladas por esa eminencia que es “Refree” (uno de los mejores músicos del panorama musical español de las últimas décadas), a su derecha en el escenario, no dejaba distracción posible ni ganas de huir de sus temas. No se puede hacer como si nada. No se puede querer cambiar.

No estaban con él sus compañeras de Pauline en la playa, (ay, ¡qué bueno y olvidado es también su último álbum!), pero las ausencias quedaban mitigadas por las excelencias del atractivo del ukelele, los teclados, el acompañamiento de las voces y todo lo demás; el conjunto fue delicioso. De cómo un cantante coquetea con sus canciones, se lo pasa bien con sus músicos y lo contagia a su público. Detrás de él seguimos, como si fuera un flautista alemán. Nada de reproches ni dentelladas, golpeando con gran celebridad un buen disco. Y es su más preciada especialidad.


Texto:Ángel Del Olmo
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