Neil Young en Donosti

Por , el 01 - 06 - 2009

31/5/2009
Velódromo de Anoeta (San Sebastián)

Para los adictos al canadiense, su gira del año pasado nos resultó bastante frustrante. El hecho de que su única fecha en España estuviera incluida en aquel circo infame que resultó ser el festival Rock in Rio hizo que la mayoría optase por verle en la nefasta retransmisión que hicieron del evento por La 2 de TVE o, como fue mi caso, que emigráramos a Portugal para mostrarle devoción ante un escenario más sostenible, el del festival Optimus Alive de Lisboa. Así que la noticia de que las dos primeras fechas de su gira europea del 2009 serían en el festival Primavera Sound de Barcelona y en el Velódromo de Anoeta en Donosti nos llenó de gozo. Tocaba volver a encontrarnos con el canadiense, y ahora mucho más cerca de casa.

 

La encargada de calentar el escenario fue la madrileña Rebeca Jiménez. Su música, pop rock solvente pero bastante edulcorado, cumplió con el cometido de servir de sonido de fondo mientras el respetable accedía al recinto, aunque tampoco podremos decir que resultara especialmente excitante ni que vaya a quedar grabado en nuestra memoria.

 


A eso de las 21:45 noche saltó al escenario Neil Young y su banda actual, formada por su esposa Pegy Young (coros y piano), Ben Keith (pedal stell y guitarra), Chad Cromwell (batería), Rick Rosas (bajo) y Anthony Crawford (guitarra), junto a Larry Craig, el encargado de que todos los instrumentos sonaran como tienen que sonar. El montaje del escenario era semejante al que trajo el año pasado, con un escenario repleto de cachivaches: un teléfono rojo que servía para convocar al grupo a escena, un enorme lienzo que se fue pintando durante la actuación, una talla de madera de un jefe indio, un teclado encajado en una paloma de la paz de madera, un enorme ventilador industrial, además de una montaña de guitarras, pianos, órganos y amplificadores destartalados que parecían sacados más de la colección de un anticuario que de lo que del equipo que utliliza una estrella del rock al uso.

 

En los últimos años el canadiense se ha reafirmado en su papel de el último hippy, y ha hecho manifiesta su cruzada contra la demencial deriva de la sociedad tecnológica; de hecho en su último LP el mensaje crítico hacia el abuso de las fuentes de energía y de las descargas digitales es bastante claro. Y esos trastos parecen ser su respuesta a todo esto. En una época en que en las grandes giras la música -y el ser humano- suelen quedar enterrados bajo toneladas de artificios digitales, sonidos prefabricados y pirotecnia circense, el abuelo apuesta por una puesta en escena austera, cuya única ornamentación es un sencillo pero eficaz juego de iluminación.

 

El concierto arrancó con un terremoto. Primero, “Mansion On the Hill”, una de mis debilidades. A continuación, su visión del apocalipsis eléctrico con “Hey Hey, My My”, sacando de las guitarras un sonido seco y abrasivo como pocas veces hemos escuchado, y que deja en evidencia a bastantes generaciones posteriores de supuestos rockeros aguerridos. Para el que escribe esto, sólo estas dos canciones habrían justificado los kilómetros de carretera y el precio de la entrada. Haciendo justiica a la camiseta con la cara de Emiliano Zapata que llevaba puesta, una vez más Neil Yong venía guerrillero.

 


A partir de ahí, la estructura del show fue bastante parecida a la que trajo el verano pasado, aunque con un repertorio remozado, con más hits y más redondo. La primera parte continuó con interpretaciones gloriosas de clásicos como “Pocahontas“, “Cinnamon Girl” o la desgarradora “Cortez de Killer”. A continuación, un descanso -en cuanto a decibelios, no en cuanto a intensidad- en el interludio acústico con un “Mother Earth” interpetado al órgano o el pequeño repaso al “Harvest“ con “The Needle and the Damage Done”, “Heart of Gold” y “Old Man”. Después, vuelta a la electricidad en una recta final en la que, entre otros temas rotundos como “Down by the River” o “Keep On Rockin’ in the Free World”, cayeron las únicas canciones que interpretó de su último disco, “Fork In the Road”: “Get Behind the Wheel” y “Just Singing a Song”. Y, para rematar, una versión incontestable de “Like a Hurricane“.

 

Como pegas, podríamos apuntar que se pudo echar en falta un final tan explosivo como el de los shows del verano anterior, y que el sonido, si bien no fue malo, sí que resultó algo bajo, sobre todo en las partes más contundentes. Pero esto no debe ser motivo suficiente para que dejemos de recordar este concierto como uno de los momentos más grandes que el rock nos ha brindado. Y es que, como decía Eduardo Ranedo en la revista Ruta 66, “Neil Young, ahora mismo, en directo no es inferior a ninguna de sus encarnaciones pretéritas. Ir a verle hoy es igual de gratificante que lo que pudo ser en el pasado”.

 


Una vez más, el canadiense se reencarna en chamán del rock, en el sabio hombre viejo que maneja a su antojo los elementos y las fuerzas hasta hacer que su concierto se convierta en ritual mágico, donde la intuición, lo irracional y lo inexpiclable son elementos fundamentales, capaces de hacernos entrar casi en un estado de trance, de ponernos en contacto con lo absoluto. En esas dos horas fue capaz de conjurar los elementos, el amor, el ruido, la electricidad, el fuego, la vida y la muerte. El derroche físico y espiritual es enorme, tanto que cuando al final de “Like a Hurricane” callan las guitarras parece que ya no puede haber nada más allá.

 

Acostumbrados a que los llamados dinosaurios del rock vuelvan a la carga una y otra vez con circos mastodónticos en los que la pirotecnia visual y la parafernalia propagandística sólo sirvan para ocultar que su propuesta sólo tiene vigencia como mero ejercicio de nostalgia, lo de Neil Young tiene algo de épico. Hombre viejo y encorvado, despeinado y vistiendo una nada glamorosa camisa a cuadros, a sus 64 años mantiene intactas su voz y su habilidad como guitarrista, y sigue echando sobre su espalda lastimada la práctica totalidad de las dos horas de concierto con una energía impropia no ya de un hombre de su edad, sino de un rockero de cualquier generación. Parece que el canadiense es de los pocos que todavía tienen algo que merezca ser escuchado en esto del rock. Como cantó en “Just Singing a Song”, “Cantar una canción no cambiará el mundo”. Puede que no vaya a cambiar el mundo entero, pero una de Neil Young sí que puede transformar tu alma.


Carlos Caneda Fernández
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