Opinión – El auge del vinilo e internet

Por , el 27 - 01 - 2012

 

El renacer del formato vinilo en los últimos tres años ha sido uno de los hechos más importantes que han ocurrido en el panorama musical últimamente y ha pillado a muchos por sorpresa. Una vez instalado por completo el CD como gran formato musical y en plena madurez de los formatos digitales, resulta que medios y sellos discográficos un día miran a su alrededor y ven que cada día hay más gente que busca vinilos, así que las grandes tiendas vuelven a colocar tan denostado formato otra vez en sus estanterías. Al principio tímidamente pero, poco a poco, el formato ha ido ganando mayor espacio… hasta hoy, cuando las cifras hablan de un aumento cada año en las ventas de vinilo superior un 25%.

 

Lo que nadie parece haberse preguntado –o querido preguntar mientras la cosa siga produciendo ingresos- es de dónde viene este nada augurado renacimiento. Pues probablemente y como en casi todo, existan múltiples variantes y causas. Desde luego, desde la implantación total del CD y el abandono del vinilo siempre ha existido un buen mercado de compra-venta de segunda mano. Reducido a círculos minoritarios, sí, pero con la expansión de internet un mercado que se fue volviendo cada vez mayor. Pero este público acérrimo no ha cambiado sustancialmente.

El gran cambio ha venido por la aparición de un nuevo público que antes NO compraba vinilo. Es decir, al pequeño club de amantes y coleccionistas del formato analógico se ha sumado una buena cantidad de gente que, o no conoció el vinilo de cerca o de repente vuelve a él. Y aquí, también tiene probablemente bastante peso la moda de lo retro, lo vintage o cómo queráis llamar al rescate de todo aquello que huela a antiguo. Moda dentro de la cual también se encuadra el reciente renacer del cassete, del soul o del rock de los años 50.

Sin embargo, el elemento principal del poderoso regreso del vinilo ha sido internet. Internet, el intercambio de archivos, ese gran demonio de la industria, y la explosión de blogs musicales, otro demonio, pero esta vez de los grandes medios. Porque de esa conjunción ha venido la difusión de discos que ya apenas ocupaban espacio en las estanterías o que directamente estaban descatalogados, el aumento de la cultura musical de la gente y la divulgación de un formato –el analógico- que, quieran o no unos cuantos, sigue teniendo sus ventajas. Tanto en la reproducción como en la grabación.

Hay quien opina que esto ha sido una estudiada jugada de la industria ante el descenso de ventas del CD. Pero difícilmente ha podido ser así, puesto que desde principios de los 90 apenas se editaba nada en vinilo. En los más de diez años que transcurren desde la desaparición del vinilo hasta su repunte a finales de la década pasada la industria estaba ajena por completo a un mercado de coleccionismo consolidado, a la aparición de pequeños sellos especializados y, en definitiva, a lo que ocurría más allá de los despersonalizados despachos de los ejecutivos. Y es en el año 2009, aunque ya en 2008 las ventas habían aumentado un 200%, cuando se produce el gran estallido y el vinilo aparece de nuevo en los indicadores de ventas anuales, y eso que en esas cifras no se incluyen el mercado de segunda mano ni la importación. Más de una tienda se quedó aquel año sin existencias… ¡de tocadiscos!

Pero es que en 2011 el vinilo aumentó un 40% con respecto a las ventas del anterior, mientras el formato digital por primera vez ha superado al físico y el CD comienza a entonar su propio réquiem. El álbum más vendido en vinilo el año pasado fue el Abbey Road, un disco que tiene más de cuarenta años. Y, aunque seguramente ha tenido algo que ver la reedición de la discografía de los cuatro de Liverpool, también es verdad que el comprador de vinilos suele buscar obras grabadas antes de la irrupción del CD.

No es que el vinilo como formato tenga unas ventajas mucho mayores que otros. Es que simplemente un disco grabado en los años 60 en un estudio analógico suena mejor y es totalmente fiel al sonido original reproducido en un formato también analógico. No tiene mucho sentido escuchar en vinilo un disco actual grabado con las modernas tecnologías digitales, al menos en lo que a la calidad de audición se refiere. A pesar de ello, lo cierto y verdad es que el CD no reproduce la onda original de sonido, sino que la mide X veces por segundo y la aproxima al valor más cercano de los que es capaz de representar. Mientras el vinilo puede tomar infinitos valores de forma continua, los valores que registra el CD están limitados, aunque para solventar este inconveniente -o quizá en un nuevo intento de conseguir que el consumidor vuelva a comprar discos que ya tiene- la industria discográfica ha intentado insertar en el mercado nuevos formatos como el SACD o el DVD-Audio, que tienen una definición y frecuencia de muestreo muy superior a la del CD.

Pero, al margen del debate sobre la calidad de sonido (cuyas diferencias son difícilmente apreciables sin el indispensable acompañamiento de un buen equipo de reproducción), lo que realmente aporta el vinilo y que ningún otro formato tiene es ese contacto “físico” con la música. Y no sólo por la propia dinámica de reproducción, que te exige dar la vuelta al disco y tocarlo, sino porque uno de los encantos más apreciados del vinilo es su tamaño, porque desde luego no es lo mismo tener portadas como In the Court of the Crimson King, Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band, Ummagumma, Physical Graffitti, Black Sabbath o Bitches Brew en CD que en vinilo. Por una simple cuestión de tamaño, nada más. Esas portadas fueron concebidas para un tamaño en el que era posible observar muchos detalles o por el propio impacto de la imagen. Y esos son aspectos que se pierden en un tamaño menor.

 
 

Al menos una cosa está clara y es que el aumento de las ventas de vinilo, a pesar de su elevado precio medio, es revelador de los hábitos de consumo del aficionado a la música. A tenor de estos datos no parece muy real que el aficionado no quiera pagar por la música ni tampoco que se haya creado una “cultura de lo gratis” que va a hacer tambalearse los cimientos de la música y los artistas. El consumidor quiere pagar y lo hace, pero por un producto que le ofrezca algo que justifique el precio.

 

 



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