Rush en 1976. Acercándose con 2112 a la obra de Ayn Rand

Por , el 07 - 12 - 2012

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Un mundo. Mundo futuro y añejo a la par. Mundo dominado por una sociedad que niega la forma singular de los pronombres, que borra del vocabulario palabras como yo, tú, él o ella. Un régimen en el que impera la dictadura de un colectivismo que anula a la unidad estanca. Suena allí un silbido electrónico, casi el aullar del viento del mañana, una overtura que crece a golpe de tres instrumentos, batería, bajo y guitarra, que magnifican extraños ecos, que avisan de un comienzo imparable –tal vez de un cambio–. La novela Anthem de Ayn Rand queda reflejada ya desde las primeras notas del LP 2112 (1976) de los canadienses Rush. Se abre el telón de los mundos distópicos.

Alisa Zinovievna Rosenbaum, más conocida en el ámbito literario cual Ayn Rand, fue una escritora rusa, natural de San Petersburgo, que lo mismo ejerció de ensayista, filósofa o creadora de muy originales novelas. Fallecida en 1982, Rand será siempre recordada por obras como Red Pawn, We The Living o la aquí seleccionada Anthem (1938). Este Himno o ¡Vivir!, como también se la conoció en nuestro país, es la historia de Igualdad 7-2521, un chaval que nos narra su subsistencia en la ya citada sociedad que sólo cree en el nosotros, en lo plural como pieza única. No se puede alzar a uno sobre otro, estimarle en demasía. Los hermanos de ese mundo futuro, que a la postre son la totalidad de sus habitantes, no deben ni pueden hacer distinciones. Todos a la misma altura y con igual concepto ante su gran familia social.

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Todavía, eso sí, quedan restos de los que se conocen como “Tiempos Innominados”, recuerdos de la sociedad que caducó y sobre la que se implantó esta nueva forma de proceder. Igualdad 7-2521, colmado siempre de una curiosidad imposible de apagar, terminará dando con ellos, con los vestigios de lo que pudo ser, fue y dejó de latir como vía por la que evolucionar. Tras este descubrimiento su vida cambia: poco a poco va más allá, experimenta con nuevas cosas que desde el Consejo Mundial de los Estudiosos están terminantemente prohibidas para la sociedad del nosotros, vosotros y ellos. Conocerá el amor hacia uno de sus hermanos plurales, hacia una mujer nombrada como Libertad 5-3000, y, ante todo, redescubrirá la electricidad.

Este punto, el de la electricidad recuperada en la clandestinidad, es muy importante como nexo de unión a los textos que plantea este disco de Rush. Y es que por aquí sale a flote gracias a la mano del power trio una disciplina cultural tan fundamental como la música. La historia que escribe Neil Peart, baterista del combo originario de Canadá, también tiene un centro tiránico que moldea las conductas y cuyos sabios son los llamados Sacerdotes de los Templos de Syrinx. El personaje protagonista del relato musicado halla su particular “electricidad” materializada en una guitarra dentro de ese mundo futuro que prohíbe cualquier medio de expresión artística. Él, al igual que hace Igualdad 7-2521, intenta dar a conocer el resultado de sus pesquisas a los más altos estamentos, a esos Consejos intocables cuya palabra es ley.

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Sus noticias no serán bien recibidas por los citados capitostes, algo que un poco más alante pasaré a tratar; pero primero fijémonos en cómo Neil, Geddy Lee y Alex Lifeson toman una característica fotografía musical de esos “templos del conocimiento y poder absolutista”. Hay algo de marcialidad sobre los parches de Peart, con desgarros sonoros muy marcados en la extensión de los riffs de guitarra de Alex. Todavía se está poniendo sobre la mesa sónica la overtura cuando, pasados los cuatro minutos de reproducción, y tras varias explosiones, Geddy recita: «And the meek shall inherit the earth». La marcha del tridente entra en acción como si de encender un simple interruptor se tratase. Lee canta envalentonado, beligerante, casi hiriente; narra la vida de esos sacerdotes que se dedican a controlar y ha mantener vigentes las reglas o normativas por las que se regirá la Federación. Aseguran que ellos se hacen cargo de todo para evitar al resto de la sociedad la necesidad de pensar, de preguntarse por las razones de las cosas. Esta parte es dura en lo musical, con unos puentes lustrosos en los que el hard rock sólo se suaviza un tanto cuando transita por los estribillos.

Discovery‘, la pequeña pieza de poco más de tres minutos en la que el protagonista halla la guitarra, ya citada antes en el artículo, es un precioso arreglo totalmente calmo. Hay algunas reminiscencias del principio de ese ‘Amazing Journey‘ de los británicos The Who, esa emoción contenida en bellas notas de guitarra que aquí solamente evolucionan saltando a un nuevo escalón cuando llega la parte de ‘Presentation‘. Es entonces el centro del desencuentro entre el protagonista y los sacerdotes. La presentación del instrumento musical se sintetiza en un pop preciosista que será contestado con rabia rock por la comunidad conocida como The Priests of the Temples of Syrinx. Ellos acusarán al joven de hacerles creer en una especie de juguete que ya ayudó, según su visión, a destruir la ancestral raza humana. Uno de los sacerdotes destruirá la guitarra y, como muestra de esa victoria del régimen dictatorial, la base rítmica recupera la partitura ya ejecutada en los estribillos de ‘The Temples Of Syrinx‘, colchón sonoro sobre el que un frenético solo a las seis cuerdas de Lifeson parece querer ahogar un postrero grito de angustia del instrumento.

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Los pasajes quinto, sexto y ese ‘Grand Finale‘ que hace como epílogo el séptimo intentan dar algunas pinceladas abstractas de la desazón que colma a nuestro protagonista una vez que descubre el encanto del pasado prohibido, de cómo ya sólo quiere vivir en el sueño de aquella raza anterior. La obra parece quedar abierta en su cierre, con el oyente libre para escoger si los templos desparecen o si sus sacerdotes siguen gobernando. Sin embargo, el propio Neil Peart asegura que las frases finales que se escuchan en los últimos segundos de tan magnífica y extensa composición –«Atención a todos los planetas de la Federación Solar, hemos asumido el control»– no son otra cosa que el aviso de la victoria de nuestra civilización sobre la tiránica sociedad futura. En la novela de Ayn Rand, Igualdad 7-2521, rebautizado como Prometeo, descubre junto a Gea (la anteriormente conocida cual Libertad 5-3000) en un libro del ayer la palabra “Ego”. Por fin toma conciencia del individualismo, sobreponiéndose al dolor que le ha causado la incomprensión y veto del Consejo Mundial de los Estudiosos.

Más de una similitud entre ambas ideas que el letrista de Rush asegura fue, en gran medida, casual. Según palabras del propio Neil: «La inspiración estaba allí. […] Terminó siendo bastante similar a la obra titulada Himno y escrita por Ayn Rand, pero esto es algo de lo que no me percaté cuando estaba trabajando en ello. Entonces, cuando fue tomando forma, los paralelismos se convirtieron en algo evidente para mí. […] Así que la acredité en el álbum». No importa, ya que el resultado que consiguió la agrupación musical irradia tal personalidad y talento a la hora de acercarse a la sci-fi que al virtuoso baterista Peart se le puede perdonar cualquier desliz a la hora de inspirarse o, indirectamente, adaptar todo un clásico.

Ahora bien, cualquier acólito de Rush, cualquier amante del rock progresivo que conoce el álbum 2112 pondría el grito en el cielo si este artículo terminase aquí pues, ¿dónde quedan las cinco piezas restantes del LP? Cierto, ya que este vinilo no sólo contenía esa odisea musical ya analizada. Un quinteto de canciones más rellenaba el redondo, cortes rockeros sobre lo que se conocía por entonces como los “cigarritos de la risa” y sus fuentes de cultivo (‘A Passage To Bangkok‘) o construcciones progresivas en homenaje a seriales de misterio y ciencia ficción televisiva (‘The Twilight Zone‘, basado en dos capítulos del programa de igual título: “Will The Real Martian Please Stand Up?” y “Stopover In A Quiet Town”). Los aires hard florecen en ‘Something For Nothing‘, mientras ‘Lessons‘ y ‘Tears‘ restan como los presentes más flojos, con menos sustancia en esta cabalgata de regalos para nuestros pabellones auditivos –si bien el último de los citados cuenta con la participación de Hugh Syme al melotrón–.

Pero, no nos engañemos, este trabajo se parió para dar máxima gloria a sus veinte minutos de apertura. Si no fuese así, por qué cada detalle de su portada y de su empaquetado hace referencia a la ya relatada historia. La estrella roja se supone que representa a la Red Star de la Solar Federation, mientras The Starman es el protagonista que se enfrenta contra la dictadura del futuro –una figura, todo sea subrayado debidamente, que desde entonces es logotipo y hasta casi mascota de estos experimentales canadienses–.

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