El cuarteto madrileño El alpinista publicó hace unas semanas su segundo LP. «El atasco universal» nos trae diez cortes de pop amable, vitalista y pegadizo, que se corresponden con las historias de diez personajes (todos los títulos hacen referencia al nombre de su protagonista). Según nos cuentan, el título lo sacaron de una novela sueca que encontraron por Bookcrossing. Y, como en ella, la temática de los textos se centra en los problemas de las relaciones interpersonales.
Hasta aquí podríamos hablar de este disco como de un trabajo de pop enérgico, lleno de melodías relucientes y guitarras saltarinas, que nos traería a la cabeza a grandes nombres del indi de línea clara como Cooper o Lori Meyers. Sin embargo, una producción propia de las radiofórmulas coloca a El alpinista en su sitio. Ellos se encuentran en esa tierra de nadie en la que su música resultaría demasiado convencional para los oídos más alternativos, pero quedarían como demasiado especiales para los que no les guste apartarse del más puro mainstream. Y es que el mercado discográfico español es peculiar: en cualquier mercado de Europa El Alpinista gozaría de un merecido reconocimiento como acertados facturadores de canciones de un pop sencillo y apto para todos los públicos, pero aquí se ven relegados a una posición incómoda, en la que no son «ni para los unos ni para los otros«.
Así que la valoración que hagamos de este disco dependerá de lo que esperemos de él. En «El atasco universal» no hay experimentos con sonidos vanguardistas (más bien sus canciones suenan a un pop bastante clásico, con claras reminiscencias a los grandes de la década de los sesenta) ni se asoman a oscuros abismos de introspección emocional o reflexión filosófica. Pero si lo que buscamos es algo sencillo, sin excesivas pretensiones y que nos alegre la mañana, el disco nos complacerá. Y si tenemos la paciencia de concederle sucesivas escuchas descubriremos que más allá de canciones demasiado fáciles como «Silvia en la curva» (la que abre el disco) hay sitio para arrebatos guitarreros ( «El síndrome de Adrián» o «Lucas sigue despierto«, donde llegan a sonar casi como unos Lagartija Nick que se hubieran librado de su pesadilla paranoide), deliciosas melodías («El viaje de Linda«, ) o medios tiempos en los que el grupo saca todo lo mejor de sí («Varias horas con Mario«, «Alex mira al cielo» o las armonías vocales de «Hotel Agnes«, verdaderamente deliciosas).
Como digo, es probable que lo que disfrutemos del disco dependerá del ánimo que tengamos cuando apretemos al botón del play. Y no sé si será porque hoy me he levantado de buen humor, pero el caso es que ahora mismo me está gustando mucho.
Carlos Caneda
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