Entrevista a Miguel Ríos — «Si mi padre hubiera vivido, probablemente yo no habría cantado».

Miguel Ríos (Granada, 1944) lleva una camisa a cuadros negra y azul. Luce un ensortijado pelo grisáceo y barba de varios días. El año que viene cumplirá setenta años, pero a sus sesenta y nueve decide lanzar sus memorias en un libro titulado «Cosas que siempre quise contarte» (Planeta, 2013). Se ha retirado de los escenarios, pero no ha encontrado la jubilación en la música, y tampoco en la vida. Es activo por naturaleza y enérgico por devoción.

¿Hay mucho que contar pero hay más que callar?
Bueno, yo he contado bastantes cosas, pero no me he callado tantas. Creo que no.

Cuando la verdad puede hacer daño a otros, mejor pasar de largo que mentir.
Hombre, mentir, mentir… Habrá sido alguna mentira piadosa, en todo caso (risas). Está claro que, si hablamos en términos de nuestro oficio, de los compañeros, consideraría bastante desleal hablar mal de otros tíos porque, de entrada, no soy crítico musical. Tampoco tengo que dar mi opinión. No puedo ni podría hablar mal de mis compañeros. Hay mucha gente a la que eso sí le gusta. Creen que son más rockeros por hacerlo.

Escupen la opinión.
Sí, exactamente. Puedo tener una opinión de cierta gente y comentarla en petit comité, pero exponerlo de manera pública no me parece nada bueno ni respetuoso.

¿Hay pocos compañeros en la música?
Creo que no, que es al revés. Hay muchos, muchos compañeros. Y muy buenos, además. Ahora mismo, y en mi caso, siempre he tenido muy buenos compañeros. Pero te lo digo de verdad, realmente. Ellos son mi segunda familia, que no te quepa ni la menor duda. Me siento mucho más cercano -como amigo- de Quique [González], de Carlos [Tarque] y de Lapido.

¿Aunque sean «parientes» lejanos?
Quiero decirte que, aunque sean tíos a los que no vea mucho, los considero mi familia. Gente a la que le haría cualquier favor y los que, espero, me echarían una mano en algún momento determinado. Incluso gente con la que no tengo una relación tan cercana. Gente que he visto tangencialmente, pero que por el hecho de estar en el mismo gremio y tener ese concepto que tengo yo del oficio, ya se colocan los primeros. Ya vendrán después los demás.

Hablando de familia, voy a destacar la firme convicción que tenía su madre respecto a la música y a lo que usted se quería dedicar.
Mi madre creía en mí y le gustaba cómo cantaba. Lograba emocionarla. Sacaba un extra siempre que le cantaba. Con la puerta de mi casa hacía la percusión y le cantaba. Recuerdo que ella me decía: «Cántame una de Miguel Aceves», y yo le cantaba ‘La cama de piedra’. [Miguel entona y empieza a cantar: «De piedra ha de ser la cama, de piedra la cabecera; la mujer que a mí me quiera, me ha de querer de a de veras».] Había que verle la cara a mi madre. Se le aflojaba el rostro. Pienso que creía en mí porque me veía centrado, como un chaval que no era demasiado «voladera».

¿Y cómo se tomó el hecho de que se fuera usted a Madrid?
Cuando le dije que me iba a Madrid, que dejaba un trabajo y todo eso, ella, en vez de aferrarse a ese sueldo que me venía bien, me dijo: «Miguel, hijo, inténtalo». Mi madre no era una persona moderna en el sentido de entender la modernidad como otra gente, sino que era una persona muy de la tierra. Por eso, precisamente, me quería mucho. Cualquier cosa que yo hubiera hecho, ella intuía que iba a ir muy bien.

Contando con que hay generaciones de padres que tienen hijos para que éstos les agradezcan que los hayan traído al mundo.
Exacto. Y que hay padres que tratan de sacarte todo el partido que pueden para que luego tú tengas que cuidar de ellos. Pero eso era mi generación, la que vivió todo eso, y más, sobre todo, con el decalaje que hay en las provincias, donde todo era más medieval, por decírtelo de algún modo.

Pero una pieza clave. A su madre me refiero.
Sí, mi madre era una persona fundamental. Pero mira, si mi padre hubiera vivido, probablemente yo no habría cantado.

En un momento de su vida, él le dijo, ante un cartel de Emilio ‘El Moro’, que «el nombre de los tontos está escrito en ‘toas’ partes».
Mi padre era muy sentencioso. Era un tipo que no hablaba casi nada. No podía tener con él una conversación como la que tú y yo estamos teniendo ahora. Me acuerdo que traté de hablar con él sobre el lanzamiento del Sputnik y no contestaba nada. Bueno, o no contestaba o decía que eso eran tonterías.

Vaya…
Ya te digo; habría sido imposible que yo hubiera cantado de haber sido por él. No me habría atrevido a decirle que me quería ir a Madrid para cantar. Es no sé por qué los roles eran así. Había una especie de respeto sacramental al padre y a cualquier cosa que hiciera.

En una familia que pierde al padre, ¿hacía música por ayudar en casa o para transmitir un mensaje?
La música en mi infancia no tenía ninguna importancia. O sea, estaba el gramófono aquél que ponían mis hermanas, pero la música era lo que ponía la radio. El concepto de vivir de la música lo tuve cuando vi que debajo de mi casa había un local en donde se reparaban instrumentos. ¡Coño! Esos tíos vivían de eso. ¿Cómo era posible? Siempre se pensaba que se vivía de una tienda, de un banco, de ser albañil, mecánico… pero no de la música. Ese fue un poco el primer concepto. También está el rollo ese de meterse por dinero, por salir de la pobreza y del ambiente general que había entonces, que era de posguerra. Te hablo del año cincuenta. Se vivía en una casa de obreros, y eso es algo de lo que se quiere redimir.

¿Qué hizo con el primer dinero que ganó?
Se lo mandé a mi madre. Eso sí. Tenía una consideración real de que yo tenía que ayudar en mi casa.


Texto: Carlos H. Vázquez.

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