Como si se tratase de construir un universo irreal y onírico, tal y como lo haría en una de sus películas David Lynch, dos tipos fornidos con sus «pinganillos» en las orejas nos esperaban a las puertas de una sala vestida de cabaret, llamada «Sala de columnas», por eso de la historia de tal magno local. Servían margaritas en la barra y un grupo tocaba, atrapado en luces rojas, bajo enormes lámparas con millones de cristales. Son seis y se hacen llamar Moriarty. A su mando, una mujer —pintados sus finos labios de rojo-, y con pañuelo sobre su cabeza (de igual color), cantaba a la vez que agitaba sus brazos. Tan suave es su voz que, en las primeras filas, se pedía que subieran el volumen de su micro.
En muchos de los largometrajes de David Lynch aparecen enanos, mujeres misteriosas y habitaciones desiertas que parpadean intermitentemente por el guiño de neones enfermizos.
La mujer canta canciones con aire fronterizo, (la armónica de su compañero ayuda) y entre guitarras y contrabajo dice que «Jesús la quiere».
De los seis, el hombre que toca la armónica parece un joven leñador. Otro de ellos, lleva su guitarra colgada; con la cinta de ésta forman cuatro, junto con los tirantes y la corbata. Descalzo, a la tercera canción está revolcándose por el suelo con otro miembro del grupo, que toca furioso el tambor. Ambos acaban cantando juntos tumbados en el escenario. La cantante sonríe a tres metros de ellos, que son más desde abajo; esa distancia que hace que nos separe lo real del mundo imaginario que están creando. Tras ella, y con ese instrumento que le saca dos cabezas, otro componente del grupo pellizca su contrabajo. Así logran, en tres golpes de efecto, que nos creamos lo que estamos viendo y que se nos contagie su espacio de desasosiego e inquietud que se han inventado. Sobre todo, lo consiguen en sus siguientes temas, como ese «Jimmy» que cantan y tocan juntos en un solo micrófono.
Y se atreven a tentar al silencio, como lo hicieron Depeche Mode; pero esta vez sin hacernos bailar, transformando «Enjoy the silence» con un xilófono y una guitarra para terminar sonriendo cómplices de tal convicción.
Mientras algunos beben cerveza y otros vino en copas bajitas, los licores cambian de color y se mezclan con el tono «cabaret-chanson» que la solista entrega en uno de sus bises. En el siguiente bis han invitado al público a silbar como pájaros.
Moriarty se despide entre el jolgorio de sus seguidores, que han estado a punto de llenar este imaginario cabaret en el Círculo de Bellas Artes.
Después bajo las escaleras de los cuatro pisos que me separan de la ciudad, del metro, los coches y las altas farolas. Desciendo pisando el mármol, que supongo frío; mirando las estatuas solitarias que observan el vacío de las salas por las que paso. Casi, casi, como en las películas de David Lynch.
Texto y fotografía: Ángel Del Olmo
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