Mal camino están tomando los milaneses. No en términos de popularidad y éxito comercial, obviamente, pues su trayectoria ha sido poco menos que meteórica (especialmente en Estados Unidos) desde que en 2004 consiguieran asomar la cabeza por el Ozzfest y recorrer de punta a punta el país de las barras y las estrellas de la mano de Slayer, Judas Priest y Black Sabbath, pero sí en lo que se refiere al aspecto estrictamente artístico y musical. Empecinados en escorar las directrices de su discurso hacia los fugaces gustos de la juventud de la tierra prometida, Lacuna Coil le han ido dando progresivamente la espalda al seguidor europeo de base, que difícilmente va a encontrar en Shallow Life rastro alguno de la oscuridad, la personalidad y la intensidad que protagonizaron los seminales In A Reverie o Unleashed Memories.
Tal y como era de temer, los italianos han acabado sucumbiendo a la tentación de caer en el mismo saco que otras bandas de metal gótico descaradamente escoradas hacia la comercialidad como Within Temptation (alejadísimos hoy en día de lo expuesto en una obra tan prometedora como Mother Earth) o Evanescence (puro artificio desde un primer momento), desdibujando por completo su propia identidad a través de un amasijo de loops, samplers y bases programadas vehiculado por la desafortunadísima producción de Don Gilmore, un tipo en cuya hoja de servicios se encuentran renglones tan poco recomendables como Avril Lavigne o Good Charlotte. No es, sin embargo, la elección del hombre tras los controles ni el ansia de réditos comerciales lo que lastra el resultado final del disco, sino la absoluta vacuidad de cortes como «Underdog», «Sahallow Life» o «Unchained», las desconcertantes aproximaciones a sonoridades bailables de «I Won’t Tell You» o la desaparición casi absoluta en «I Like It» de Andrea Ferro, cuya voz (aún notablemente suavizada) es uno de los pocos resquicios metálicos que quedan en una banda que parece haber emprendido una inexplicable fuga de sí misma.
Por mencionar algún detalle positivo, cabe señalar que al menos en su sello discográfico hay alguien eficiente que se gana el sueldo: la de «Spellbound» como primer single es una elección magnífica. Lástima que ni el resto del álbum este a la altura ni la de éste sea tampoco digna de mayor elogio.
45/100
Raúl Ranz
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