Crónica del Mad Cool Festival 2026

Cuesta creer que hayan pasado diez años desde que vimos a The Who y Neil Young en la primera edición del Mad Cool. Han cambiado muchas cosas desde entonces, en el festival y en la vida; sobre todo desde que el rodillo de la pandemia nos pasara a todos por encima. Desde sus comienzos, el número de asistentes se ha duplicado, aunque llegó a triplicarse unos años después, y se ha mudado tres veces: de la Caja Mágica a Valdebebas y, por último, Villaverde. Aunque actualmente está más estable que en años pasados, nunca ha dejado de mutar: cada año se reorganiza de una manera o de otra en busca de la fórmula perfecta. Aunque la organización logró acabar con el problema de las colas kilométricas bajo el sol que sufrieron los asistentes en ediciones pasadas, actualmente sigue enfrascada en una guerra municipal con Getafe, que sigue sin aceptar de buen agrado la existencia del recinto de la colonia Marconi, bautizado como Iberdrola Music. Pese a las quejas sobre la ubicación, lo cierto es que los accesos, plan de transporte público para el desalojo, las barras y baños y la zona de food trucks, han alcanzado niveles óptimos. Desgraciadamente, no se puede decir lo mismo de los escenarios. En este décimo aniversario se decidió apostar por un gran escenario dominado por dos pantallas gigantes de alta definición. Hasta aquí todo genial: tanto la imagen como el sonido fueron magníficos. El problema es que también se decidió suprimir el segundo escenario principal y esa función pasó a desempeñarla el que, hasta ahora, era el tercer escenario. Resultado: masificación absoluta del que fue mi escenario preferido y que este año se ha convertido en un espacio con muchas carencias. En primer lugar, de espacio. No hay que ser un gran arquitecto técnico para darse cuenta de que no caben las mismas personas en la diáfana zona principal que en la limitada zona secundaria. Y teniendo en cuenta que los otros tres espacios eran carpas de aforo reducido, la distribución de casi sesenta mil personas simplemente no ocurrió, así que el grueso de la asistencia se concentró en un tercio del recinto. Suprimir un escenario, en lugar de evitar excesivos solapes, los motivó aún más. Lo de que headliners que tienen el mismo público objetivo toquen al mismo tiempo provoca mucha frustración porque la gente está pagando por un line-up que no va a poder disfrutar. Y ese descontento se produce aún más cuando el sonido del escenario principal se cuela en el espacio del secundario, que es lo que sucede cuando los colocas de forma transversal en lugar de en paralelo. Hay que decir también que estos problemas de espacio y acústica solo se dieron en momentos puntuales y no fueron una constante a lo largo de las cuatro jornadas, aunque seguro que la organización lo solventará de cara a la próxima edición.

En cuanto al line-up, la verdad es que pasamos por varios estados durante los meses previos: de la excitación de la primera impresión al ligero enfriamiento del entusiasmo tras darnos cuenta de que no era un cartel tan heterogéneo e innovador como el de pasadas ediciones. Al fin y al cabo, la mitad del line-up no debutaba en el festival y no había propuestas de géneros que sí estuvieron presentes en ediciones pasadas, como el punk rock, el hip hop, el metal, el neo-soul, la música fusión o la electrónica en formato live, sino que la programación se focalizó en el pop y el rock. Suerte que, como tiende a pasar en el Mad Cool, finalmente la oferta musical fue aún mejor de lo que parecía sobre el papel. En retrospectiva podemos volver a decir que el décimo aniversario superó nuestras expectativas. Hubo momentos inolvidables en cada una de las cuatro jornadas y la calidad estuvo tremendamente compensada. Y si hay algo seguro es que nunca olvidaremos los conciertos de Nick Cave, The War On Drugs, Moby o Florence + The Machine.

Miércoles 8 de julio

En este festival no hay warm-up. Los artistas interesantes actúan desde primera hora. No queda otra que ponerse una gorra, embadurnarse en el stand del protector solar, llenar el vaso en las fuentes y lanzarse a la solana para ver a las chicas de The Warning, que siempre cumplen, la crudeza de Jehnny Beth o la fuerza cautivadora de The Last Dinner Party, que parecen de una secta en la que nos encantaría ingresar. Fue una de las primeras actuaciones de la jornada y también una de las mejores. El listón estaba alto, pero en el Loop actuaban The War and Treaty, una propuesta irresistible de soul-rock liderada por el matrimonio de Michael y Tanya Trotter. Él, un soldado del ejército de EEUU que descubrió su talento musical gracias a un piano abandonado en uno de los palacios destruidos de Sadam Husein durante la guerra de Iraq. Tras la muerte de su capitán en combate, Michael compuso una canción en su honor y sus superiores le asignaron la tarea de cantar en los funerales de los soldados caídos. Tras la ocupación, un trastorno de estrés postraumático como souvenir y una carrera en la música que le llevó a conocer a su mujer en un festival. El nombre del grupo nació de una discusión real mientras buscaban cómo llamarse. Al ver que no se ponían de acuerdo, Tanya frenó la pelea diciendo: «Michael, esto no es una guerra; alcancemos algún tipo de tratado». Como veis, es una historia que tenía que contar. Puro sentimiento que saben cómo llevar al directo. Lástima que el espacio no estuviera a la altura. Este año al sonido del Loop le faltó presión y nitidez y, para colmo, suprimieron el aire acondicionado, así que se convirtió en un cocedero que hizo que, en comparación, estar bajo el sol fuera como estar a la fresca.

El primer gran nombre de la jornada fueron unos habituales del festival: Wolf Alice. Y es que, entre macro eventos y conciertos en salas, es raro el año en que no los vemos dos veces. Cada vez tocan menos canciones de su debut, que me parece superior a los que lo han seguido, pero siguen preservando esa esencia equilibrada entre la dulzura y la intensidad, así que dudo que llegue a cansarme algún día de ellos. De los siguientes no es que tema cansarme, es que sé que cada día los amaré más. The War On Drugs están tocados por la varita del talento inconmensurable. No entiendo cómo hay bandas (solo un puñado a lo largo de la historia) capaces de concebir seis discos brillantes, pero la de Adam Granduciel es una de ellas. Sabíamos que sería increíble, como lo fue aquella primera vez que los vimos junto a un centenar escaso de personas en la sala Heineken hace dieciséis años, o en el propio Mad Cool 2022, así que no nos pilló por sorpresa su despliegue emocional, pero es que es inevitable que te estalle el pecho esa forma que tienen de construir capas y atmosferas; de alargar los temas hasta el éxtasis y arañarte el corazón. Es una putada saber que ya has visto lo mejor del festival en su primer día, aunque el line-up aún tenía unas cuantas sorpresas para rivalizar con esa afirmación.

Tras pasarnos a saludar a Keanu Reeves, que estaba tocando el bajo junto a su grupo Dogstar formado por Bret Domrose y el también actor Robert Mailhouse, pusimos rumbo fijo a uno de los mayores reclamos del verano: Foo Fighters. Era miércoles y el festival estaba sold out: el hype por Dave Grohl sigue presente. Y es que tú te pones frente al escenario a que te arrolle de primeras con “All my life”, “The Pretender” y “Times Like these” y lo entiendes. No se dejó ni una, de “My Hero” a “Learn to Fly” o la traca final formada por “Best of you”, “Exhausted” y “Everlong”. Tienen suficientes hits como para que te cuestiones la etiqueta de sobrevalorados, pero es cierto que siempre te dan lo que esperas, nunca más: trallazos rockeros tocados con ganas, pero sin un brillo especial que te haga sentir que no tocan con el piloto automático puesto. Aun cuando la máquina es poderosa y el conciertazo está garantizado, hay algo que hace que no sea inigualable. Por eso, durante el valle central del set hicimos lo que teníamos que hacer, obligados por uno de los solapes más dolorosos e injustificables del festival, y nos fuimos a Moby.

Richard Melville, que así se llama, llevaba un cuarto de siglo sin pasar por aquí. Para nuestra desgracia odia los aviones casi tanto como ama a los animales. Por consiguiente, llevábamos toda la vida esperando a ver en directo a uno de los compositores de música electrónica más importantes de la historia. Todos estos años tuvimos que consolarnos con los DVDs de sus conciertos en Estados Unidos y pensando con cada tema: qué temazo, joder. Exactamente lo que nos pasó con semejante despliegue de música de baile. Fue tan increíble como habíamos soñado. Nos hicieron bailar y emocionarnos; desde las violinistas a las abrumadoras cantantes, pasando por un frontman pletórico, cercano y activista como de costumbre. Un contraste inevitable con Foo Fighters, cuyas guitarras se colaban entre temas, lo que llevó a Moby a contar la curiosidad de que era la primera vez que ambos cantantes coincidían en un evento en cuarenta años, cuando ambos formaban parte de la escena hardcore y tocaron en un mismo concierto con sus bandas en Nueva York: entonces Moby tocaba en Vatican Commandos y Dave Grohl en Scream. Dos punks anónimos que acabaron creando algunos de los proyectos más influyentes de la música contemporánea.

Jueves 9 de julio

Este fue el día en el que, por momentos, pensamos: lo bien que estaría yo en mi casa. Por suerte se nos acabó pasando, sobre todo gracias a Florence + The Machine, pero hasta llegar a ella hubo que pasar por un recinto demasiado hasta arriba de fandom. El aforo llegó casi hasta las sesenta mil personas y se sintió un poco agobiante por la mezcla de distribución, horarios y linealidad, ya que fue una jornada tematizada en el pop más convencional. Sin el menor atisbo de peyoración aquí: es un género con tantas posibilidades cualitativas como cualquier otro, pero, a título personal, en altas dosis puede llegar a hacerse bola. Sea como sea, el día empezó fuerte de la mano de Reneé Rapp (también actriz conocida por The Sex Lives of College Girls de HBO), que sacó toda su solvencia vocal y confianza en el escenario principal, sin duda adquirida gracias al musical Mean Girls de Broadway del que formó parte cuando tenía solo veinte años.

Gracias a que el grueso de fans de Lorde y Jennie cogía sitio desde primera hora, que ahora vamos a esto, pudimos disfrutar de Charlie Puth sin aglomeraciones en el escenario Orange. Uno de esos artistas nacidos en los noventa que se hizo famoso gracias a los covers que hacía en Youtube y acabó petándolo en Billboard, una historia relativamente común a principios de este siglo en EE UU. Puth tiene la suerte de tener talento tanto en la composición, como en la producción, como en la ejecución en directo. Lo mismo haciendo temas para otros, como por ejemplo “Stay” para Justin Bieber y Kid Laroi, como para sí mismo. Hablamos de casi 50 millones de escuchas mensuales en Spotify, precisamente de temas muy celebrados en este concierto, como “We don’t talk anymore” o “See you again”. Tras él llegó el turno de las dos popstars de esta edición. Lamentablemente esta vez no teníamos a Dua Lipa u Olivia Rodrigo, sino a Lorde y a Jennie, de las que hablaré en pack porque tienen más en común de lo que, probablemente, a la primera le gustaría.

Lorde (mitad de oyentes que Charlie Puth, por cierto) fue un soplo de aire fresco para el pop de masas cuando irrumpió en la industria. Tiene personalidad y canciones, pero todo es más impostado de lo que pretende hacer ver. Su performance, tanto musical como de puesta en escena, es puro postureo, aunque al menos funciona a ratos. Sobre el escenario había tantos teclados que parecía una tienda de pianos, pero a la hora de la verdad se toca poco y se tira de muchísimo backing y pregrabados. Lo más sangrante, eso sí, es lo del playback. No fue abusivo, tal y como veríamos a continuación, pero sí lo suficientemente reseñable como para que llamara la atención. Aunque al menos lo justifica subiéndose a un cubo gigante, arrastrándose por el suelo y midiendo sus pulsaciones en directo. Su teatralización contemporánea es interesante y, aún con ayuda digital, cantó todo lo que tenía que cantar, de “Royals” a “Ribs”. Precioso el momento de la gigantesca bandera blanca con la inscripción “I don’t belong to anyone” que lanzó al público durante “David”, para que éste la deslizara de delante hacia atrás. La foto del día.

En cuanto a Jennie, alcanzó fama mundial con el grupo de k-pop Blackpink, es una de las 100 personas más influyentes del 2026 según Time, la coreana con más followers en Instagram y embajadora global de Chanel y Calvin Klein. Y todo esto siendo la mayor performer de lip sync que haya pisado el main stage del Mad Cool. Le gusta tanto el playback que ni lo disimula. Tan concentrada está en ejecutar sus coreografías de instituto que se acaba quitando el micro de los labios y le da lo mismo. Aunque, desde luego, quien más indiferencia demuestra es el fan histérico que suspira con cada uno de esos calculados gestos que combinan sexualización e infantilismo. Todo en ella es falso, plano y superficial. Sin lugar a duda, la peor headliner que ha tenido este festival. Afortunadamente, pudimos redimirnos con Zara Larsson en el que fue el concierto más colapsado de toda la semana en el escenario secundario. Cuando Jennie acabó lo suyo, unas treinta mil personas corrieron allí en tropel y el acceso se hizo imposible. Pero bueno, la barbie sueca no solo cantó de verdad, sino que se versionó a sí misma en algunos temas, y a otras como Tyla, PinkPantheress o Clean Bandit, invitó a un fan a bailar con ella “Lush Life” y se movió sin descanso con su crew de coloridas bailarinas. Todo tan pinkie como eficaz.

En la recta final de la jornada, un estupendo Teddy Swims desplegó todo su talento vocal en una bella escenografía, muy bien respaldado por una gran banda con la que repartió catorce temas propios y tres covers de Illenium, Thomas Rhett y una “Jump” de Van Halen ejecutada incluso mejor de lo que lo hubieran hecho ellos. El calentamiento perfecto para el que fue uno de los mejores conciertos del festival: Florence + The Machine, la bruja favorita de tu bruja favorita. A estas horas estábamos tan agotados que bastaba un coro colectivo de “reina y guapa” más para que termináramos de colapsar. Suerte que, si hay alguien con poderes de resurrección, esa es Florencia. Más que un concierto fue un aquelarre en el que conjuros como “Hunger”, “King”, “Howl” y “What Kind Of Man” fueron proferidos del tirón. Mágica ella y cautivadoras sus bailarinas endemoniadas. De todas las veces en las que la hemos visto, esta fue la mejor. No faltó ni una sola canción ni momento de conexión con un público totalmente hechizado.

Viernes 10 de julio

Tras el brillante arranque y el renqueante segundo día, llegó la remontada. El viernes había menos asistentes con pulsera de día y se notó, tanto en el cansancio acumulado de los portadores de la pulsera de abono, como en la descongestión que supone casi diez mil personas menos. Había que venirse arriba y logró que sucediera la cantante a la que daremos la insignia del mejor arranque de todo el festival: Halsey. “Si estáis así a estas horas, no me puedo imaginar después. Hay que darlo todo”, dijo. Y si hay alguien con legitimidad para darnos un toque, esa es ella. Menudo monstruo escénico. Mientras que sus temas de estudio están llenos de dulzura, en directo alcanzan cotas de rabia que hacen que el fuego sobre el escenario sea una tangibilización perfecta de lo que transmite con cada uno de sus gritos y movimientos. Pura belleza incendiaria.

Continuamos con Holly Humberstone. Una cantante británica en apariencia sencilla, y personalmente quedó claro que lo es, pero musicalmente con bastante profundidad atmosférica. Su música te sonríe al oído y algunas canciones incluso te acarician el corazón. Lo que te apetece escuchar cuando conduces por el campo en otoño. Le cogió el relevo la noruega Sigrid, que puso a bailar a todo el público, aunque a la mayoría solo le sonara su hit “Strangers”. Se entregó en cuerpo y alma, entre otras cosas porque estaba su familia mirando, ya que vino a ver a la niña aprovechando que su hermana vive en Madrid. Muy entrañable. En el principal, Pixies encadenaron nada menos que veintitrés canciones con la tranquilidad con la que siempre lo hacen, totalmente ajenos a que sea una de las que casi nadie ha escuchado (a pesar de que, si forma parte de su debut o el disco que lo siguió, sea probablemente brillante) o aquel tema por el que la mayoría estaban allí: “Where is my mind?”, himno generacional absoluto, aunque hable de un día raro de buceo en el Caribe. También cayeron una versión de Jesus and Mary Chain y otra de Peter Ivers & David Lynch, en un bonito homenaje. Tú los ves y piensas: siguen siendo una banda underground cuarenta años después, aunque toquen en escenarios grandes en festivales. Y por eso es tan pertinente que sigan llamándolos.

Mientras Swimming Paul y Bunt hacían bailar a un Loop abarrotado que mejoró sobradamente su sonido respecto a los dos días anteriores, probablemente por la relajación del finde en las limitaciones, Kings of Leon hicieron lo contrario en el Region of Madrid, al menos hasta que llegaron los esperados hits del tramo final. Justo antes de “Use Somebody” se anunció a toda pantalla la victoria de la Selección Española en los cuartos del Mundial y eso hizo que el final del concierto fuera una fiesta: por el entusiasmo futbolero y por canciones de la talla de “Pyro” y “Sex of fire”. No son un grupo excesivamente motivador, pero tienen un puñado de buenas canciones y suenan bien en directo. Aunque para sonido brillante el de A Perfect Circle. Llevábamos esperándolos desde el Download Festival de 2018, cuando un fallo de sonido recortó el set en media hora y agrió completamente la actitud del líder de Tool, aunque tampoco se necesita demasiado para que a Maynard Keenan se le tuerza el carácter. Esta vez todo fue rodado y, aun así, se hizo cortísimo. No es el tipo de grupo al que favorezca un entorno festivalero, pero joder cuánto los necesitábamos. Fue la única propuesta de todo el cartel con tintes de art rock y metal alternativo. Un oscuro oasis en el desierto de azúcar. Un viaje catártico que inevitablemente escaló a las posiciones de lo mejor del fin de semana.

Cerraron el día los conciertos simultáneos de Twenty One Pilots e Interpol. Los segundos dieron un concierto el día anterior en la Sala But, que fue el momento idóneo para verlos, no tanto a la una de la mañana tras una larga y calurosa jornada de festival. Lo hicieron por sorpresa usando exactamente la misma técnica que habían usado Arde Bogotá en la jornada inaugural del Mad Cool: esconderse tras el nombre de una de sus nuevas canciones. En el caso de Interpol: Iron City. Fue un secreto a voces y, como tal, sus fans vivieron una noche para el recuerdo, una de esas tan inusuales en las que una banda grande regresa por un rato a las distancias cortas.

Por su parte, Twenty One Pilots regresaron al Mad Cool aún más grandes y famosos que en 2022. En aquella ocasión su concierto se solapó con Fever 333, The Last Internationale y Chvrches, así que lógicamente nos los perdimos (esto nos recuerda que lo de los solapes dolorosos no es algo nuevo, precisamente). El caso es que en esta ocasión no había excusa para no verlos y me alegro de no haberlo hecho. Si algo me provocó es entender el porqué del hype. El dúo tiene un directo arrollador, pero no en el sentido de una banda técnica que ha ensayado hasta la extenuación, sino más bien como videoclip estroboscópico que hace que te entren ganas de salir a quemar la ciudad. Diría que aproximadamente el 70% de lo que suena no lo tocan ellos, sino secuencias y pregrabados. El frontman a veces incluso se olvidaba de tocar el bajo que le colgaba del cuello, que para algo está el backing track haciendo lo suyo, pero bueno, a estas alturas de festival estábamos ya curados de espanto en lo que respecta a los truquitos de las bandas contemporáneas. Como no podía ser de otra forma, el show estaba más orientado a las pantallas que al escenario, pero este tipo de realización audiovisual en directo es una constante, así que es algo que no queda otra que asumir. Con todo, el espectáculo es muy divertido. Lo mismo el batera se sube a una torre, que el cantante se sube a otra. Mashups, covers y bridges por doquier. Hasta un segurata acabó cantando. Todo es puro artificio, pero funciona. Un cierre perfecto para el día más heterogéneo del Mad Cool 2026.

Sábado 11 de julio

Tres días de festival es la medida perfecta. Uno más es algo exigente, pero aun así desearías que fueran cinco, como en la edición de hace cuatro años. El Mad Cool es como una adicción: cuanto más cansado estás, menos te apetece salir del bucle. Claro que también tiene mucho que ver el line-up que nos esperaba en la jornada de cierre: un despliegue de talento clásico abrumador que superaría sobradamente nuestras expectativas; de la primera a la última actuación, todas fueron incluso mejor de lo que imaginábamos. Sorprendentemente, o quizás no tanto, la entrada más floja de los cuatro días: menos de cincuenta mil personas, a diferencia del resto de días, que los superaron, muy ampliamente en el caso del jueves.

The Black Crowes ya nos han demostrado muchas veces que son la llama viva del rock setentero, pero no es fácil levantar a un público aplatanado por los rayos que aún calentaban el prado artificial. Lo hicieron, con “Remedy”, y también con “Jelous Again”, pero sobre todo dos de las mejores versiones de la historia del rock: “Hard to Handle” de Otis Redding y “Oh! Sweet Nuthin” de la Velvet. Y por si no fuera poca emoción colectiva, “She talks to angels” y “Twice as hard” pusieron la guinda final. Todo actitud. El mejor punto de partida imaginable, que Matt Berninger se encargó de seguir inflando con su actitud de rockstar. Es verdad que está más relajado que antaño, pero sigue preservando un descaro irresistible. El concierto tardó en arrancar, pero cuando interpretó junto a su banda “Slow Show” y “Terrible Love” de The National mientras se paseaba vacilón entre el público, levantó el entusiasmo. Ojalá hubiera llegado más lejos, hasta Nina Kraviz, por ejemplo, que este hombre de rave tiene que ser algo digno de ver. Donde claramente que no hubiera desentonado es junto a Nick Cave & The Bad Seeds para ayudarle a arrancar, si es que hubiera necesitado tal cosa, un concierto que jamás olvidaremos. Ya es difícil de por sí describir con palabras una experiencia como la de ver a Nick Cave en directo, pero es que en esta ocasión es realmente imposible. Todos los que hemos tenido la suerte de verle en directo en otras ocasiones, ya sea en sala o en festival, coincidimos unánimemente en que esta fue la mejor. Cuando llegó “O Children” en la quinta canción ya sabíamos que estábamos a punto de vivir algo histórico, pero es que poco después con “Joy” se desgarró el alma y nos atravesó hasta lo más profundo.

No hace falta saber nada de Nick Cave para quedar totalmente sobrecogido por su magnetismo, pero si le escuchas cantar pensando en las experiencias que han motivado sus versos: rupturas, adicciones y pérdidas dramáticas como las de sus dos hijos, es que es imposible aguantar las lágrimas dentro de ti. Nos hizo llorar, pero también reír. Habló a cada uno de los presentes de tú a tú, en una conexión que derivó en fusión. Los Bad Seeds, desde las soberbias coristas al hechichero Warren Ellis y su violín en llamas, acompañaron al australiano de 68 años en su viaje al clímax que alcanzó con la impresionante “Red Right Hand”, seguida de “Weeping Song”, “Jubilee Street” y “Hollywood”. Un in crescendo que nos dejó totalmente extasiados y, cuando creíamos que nada podría ya removernos más, la banda se retiró y Nick interpretó “Into my arms” al piano. Solo alguien como él es capaz de enmudecer a decenas de miles de personas en un festival de madrugada, para que terminen susurrando con él “en mis brazos, oh, Señor, en mis brazos, oh Señor”, en un momento absolutamente mágico.

Lo increíble de este cierre de Mad Cool es que aún quedaban dos titanes para que fuera el fin de fiesta definitivo, pero antes quisimos pasarnos por los escenarios 4 y 5, ahora olvidados en el área de foodtrucks. Antes estaban muy integrados entre escenarios, lo que suponía un soplo de aire fresco, en claro eufemismo del aire acondicionado, que convertía un festival macro en una sala durante un rato. Ahora siguen desempeñando esa función pero entre que están bastante alejados y que la programación de grupos británicos de este año nos pareció menos interesante como para hacer sacrificios (en otras ediciones aquí tocaron grupos que han acabado haciendo sold outs en la Riviera), acabamos apurando hasta el final para ver a un grupo llamado The Reytons. Fue una buena decisión, pura vitalidad y buen rollo indie. Y ahora sí, vamos con los titanes. En primer lugar, David Byrne, incombustible líder de Talking Heads. A sus 74 años aún tiene ganas, energía y talento para seguir innovando, así que en vez de un concierto nos regaló un musical. Acompañado por 12 artistas (cantantes, instrumentistas y bailarines), todos ellos con aptitudes actorales, performaron un show en el que nadie estuvo quieto un solo segundo. Todos vestidos con look de corredor de la muerte, dibujaron una coreo tras otras mientras tocaban sus instrumentos, algunos de ellos amarrados a sus cuerpos con arneses. Una cuarta parte del setlist correspondió a temas en solitario, pero el resto fueron canciones de Talking Heads que todos hemos cantado alguna vez como “Once in a lifetime”, “Burning Down the house” o, como no podía ser de otra forma, “Psycho Killer”. Divertidísimo concierto. Enorme David Byrne.

Y cerró jornada y festival el héroe del britpop, Jarvis Coker, y su inmortal formación Pulp. Tras su regreso y paso por el Primavera y el Bilbao BBK Live, era justo y necesario que esta vez no solo pisaran el Mad Cool, sino que lo pusieran boca abajo. Y así fue. El carisma de Jarvis, materializado en cada gesto y palabra, nos devolvió unas fuerzas que ya no teníamos, para cantar a grito pelado “Disco 2000”, “Babies” y la, indiscutiblemente, una de las canciones más brillantes de la historia del pop: “Common People”. La mejor forma de culminar la celebración del décimo aniversario del Mad Cool. “Enjoy he rest of the festival” dijo socarronamente el cantante antes de que los altavoces se apagaran y comenzara el desmontaje y nosotros emprendiéramos nuestra marcha por el polígono de vuelta a casa. Hasta el año que viene, porque todos sabemos que, inevitablemente, así será. Larga vida al Mad Cool.

Texto: Javi JB
Fotos: Andrés Iglesias y Javier Bragado

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