Entre la sorpresa y la decepción, y con muchas más sombras que luces, se saldó finalmente la primera visita de Lydia Loveless a nuestro país, desquite de la abortada gira que el pasado año debería haber supuesto la presentación de Indestructible Machine (Bloodshot Records, 2011) por estas tierras.
En el terreno de la sorpresa (no necesariamente negativa a priori) habría que señalar esencialmente el viraje estilístico y sonoro de las nuevas canciones de la de Ohio, que publicará este mismo mes de noviembre un EP (Boy Crazy) en el que, en cierta medida, se despega del country crudo y apasionado del álbum con el que comenzó a atraer miradas hace un par de años para mostrar otra faceta más luminosa, melódica y con mayor querencia por el nuevo rock americano de los 80, léase Lone Justice, Dream Syndicate o Fleetwood Mac. Nada que objetar en ese sentido, si no fuese porque en la casilla de la decepción habría que apuntar prácticamente todo lo demás: la banda, el sonido, la actitud…
Arropada (por decir algo) por una banda que no estaba en las mejores condiciones físicas ni anímicas ni mostró la actitud necesaria para sobreponerse al gélido ambiente que ella misma se encargó de crear, la propia Loveless exhibió una desgana y una indolencia impropias de la chispa y el talante que se le presuponían, mostrándose muy poco comunicativa con su público en todo momento y concatenando sus nuevas canciones (apenas realizó tres mínimas paradas en los surcos de Indestructible Machine) de manera tan perezosa como ruidosa. En las antípodas de la producción country del primerizo The Only Man (Peloton Recorsd, 2010), la ejecución de los temas se convirtió desde el inicio de la actuación hasta el cierre con «Crazy» en un batiburrillo sónico más propio de una banda de rock alternativo amateur de los 90 que de un grupo profesional con un mínimo de coordinación, algo que difícilmente se le pudo exigir a un visiblemente ebrio Todd May que, ni ejerciendo de telonero en solitario ni respaldando a su jefa con la guitarra, fue capaz de dar pie con bola en toda la noche.
Puestos a darle un voto de confianza a semejante despropósito, cabe depositar ésta en la insultante juventud de Loveless, pues aún son muchos los años de margen que tiene por delante para desnortarse y reubicarse unas cuantas veces, aunque mucho es también lo que tiene que corregir si pretende llegar a dejar huella y no acabar en el cajón de los juguetes rotos y olvidados.
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