Mike Tramp And The Rock ‘N’ Roll Circuz — Stand Your Ground (Ear Music / Edel, 2011)

Que Mike Tramp grabe un tema como ‘Don’t Let Them Put It On You‘ y lo sitúe cual apertura de su nuevo lanzamiento discográfico es la triquiñuela más desvergonzada que podía realizar. La canción es una robusta pieza de rock en total consonancia con lo publicado por los británicos Thunder en su etapa de 1990 a 1996; un inicio que golpea rotundo, victorioso y con un Tramp que muta frente al micrófono convertido en puro émulo de Danny Bowes. A uno le vienen a la cabeza frases triunfantes del estilo de: «La mala racha de álbumes como More To Life Than This o Songs I Left Behind parece ya agua pasada» o «por fin se las sabe arreglar sin tener que hacer tándem creativo con Vito Bratta». Pero, como dirían los canadienses Saga, Stand Your Ground pronto termina derrumbándose como una casa de cartas en un huracán.

El estribillo le ofrece la salvación a los minutos totales de ‘Alright By Me‘, algo que no se puede decir que le otorgue esa misma parte a ‘Distance‘, una creación que por lo demás repta tras el ‘Jaded‘ de Aerosmith —y cualquier buen seguidor del combo de Steven Tyler bien sabe que es uno de sus peores sencillos en la historia del conjunto—. ‘Gotta Get Away‘ podría haber sido sleaze, aunque le faltan un par de palmos de actitud; eso sí, de manera meramente circunstancial pone el motor en marcha. ‘Straight From The Look In My Eyes‘ se aferra a su cuerpo de medio tiempo menor con ganas de balada, tonada fácilmente enmarcada dentro de un, por ejemplo, Destination Anywhere de Jon Bon Jovi.

Únicamente salva los tratos, y bastantes cortes después de ‘Don’t Let Them Put It On You‘, con ‘Got Me Crazy‘ o la penúltima ‘Say What You Will‘, pero, eso sí, sin redimirse en ningún momento. Y es que cual lazo de cierre ha querido hacer con ‘The Soldier Never Started A War‘ un ‘Lights And Thunder‘ o ese ‘Lady Of The Valley‘, lo que podía ser un tema extenso y bien resuelto es sus días como uno más de White Lion; pero el caso es que aquí ha errado y convierte en tedioso e interminable una canción que debería trabajar cual, al menos, satisfactoria despedida.

«Este es mi mejor trabajo, una obra maestra», aseguraba recientemente el propio Mike. En fin, no dudo de que esté convencido con respecto a la primera parte de tan envalentonada oración, pero creo que las dos palabras con las que cierra la segunda sobran. No es difícil alzarse sobre su material en solitario de principios del nuevo siglo, pero soltar ciertas machadas a estas alturas demuestra que Michael Trempenau hace tiempo que bajó mucho el listón con el que medir sus méritos artísticos.


Sergio Guillén

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