Crónica de Ride en But – 8 febrero 2020

Por , el 12 - 02 - 2020

Hay reuniones y reuniones. Están las que llevan escrita en la frente “volvemos por el dinero”, como la de RATM de este año por ejemplo, y las que dicen “somos artistas y esto es lo que hacemos”. Unas llevan siempre un poco -o mucho- de las otras, pero la balanza siempre se decanta a un lado u otro. Ateniéndonos a los hechos, queda claro ante que caso nos encontramos cuando hablamos de Ride.

Hace cinco años el Primavera Sound colgó una gran lona en Barcelona con el nombre del grupo británico, siguiendo la misma estrategia teaser que habían seguido con Arcade Fire y The Strokes. De esta forma los encumbraron al Olimpo de los comebacks más deseados de la década en España. A pesar de su innegable estatus como banda de culto, es evidente que nunca han sido un reclamo como pueden ser los otros dos grupos mencionados. Pero sí que había razones para que su regreso, tras dos décadas de inactividad, fuera una celebración.

Hablamos de uno de los grupos de shoegaze más importante de los noventa. Aunque solo fuera por nostalgia, o interés por descubrir cómo sonaban aquellos años, merecía la pena ponerles en la lista de los conciertos más esperados del año. Pues bien, a día de hoy, tras aquella lona de Barcelona, han publicado dos discos y un EP, han dado numerosas actuaciones en festivales y hecho una gira por salas. Está claro que se han tomado la reunión muy en serio y, visto lo visto, han vuelto para quedarse. Escribo esto sonriendo porque sus últimos trabajos me han encantado y su directo es algo maravilloso. Ride siguen siendo enormes.

Enormes estilísticamente hablando, porque pasado el sutil hype de su regreso, su poder de convocatoria es acorde al de la banda de culto -y no de masas- que son. No lograron agotar en ninguna de las dos fechas que hicieron en España a pesar de tratarse de salas de aforo medio, que abarrotaron, eso sí. Pero no olvidemos que se trataba de los primeros conciertos en escenarios pequeños en nuestro país en un cuarto de siglo. Aunque todo parece completamente natural. Es la acogida que se suele dar a grupos de semejante estatus creativo. No es una cuestión de infravaloración, sino de coherencia social. Un elitismo cultural que responde al sentido común del propio arte. Todos pueden escucharles, pero solo unos pocos escogen hacerlo porque es así como tiene que ser. Así que tocaron al máximo nivel y sin ningún tipo de artificio. Dio la sensación de que nunca hubieran dejado de hacerlo y, al mismo tiempo, de ser un nuevo talento. Canciones brillantes compuestas desde la madurez, tocadas de una forma como solo sabe hacer quien va sobrado de talento y lleva toda la vida explotándolo, de la manera honesta, sobria y sencilla de quien está girando por primera vez.

Los de Oxford irrumpieron en el escenario mientras sonaba la misma intro que abre su último álbum, This Is Not A Safe Place, lo que ya desveló que nos encontrábamos frente a la presentación oficial de este disco en concreto y no de su nueva etapa o su carrera en general. Comenzaron por las dos mejores canciones que firman el disco: “Jump Jet” y “Future Love”. Sonaron tan bien en directo, especialmente la segunda, que nos olvidamos que no nos llegan tanto como sus primeras creaciones. Aunque claro, tras ellas descargaron la explosiva “Leave Them All Behind” y volvimos a caer en la cuenta de que sí, de que es ese ruidismo ensoñador el que nos puso para siempre a sus pies. Más de ocho minutos de éxtasis en lo que fue uno de los momentos cumbre del concierto. El otro llegaría hora y media más tarde con la canción de despedida.

A grandes rasgos, si algo demostraron es que cuando barren hacia la psicodelia salen mucho airosos que cuando lo hacen al britpop. Y eso teniendo en cuenta que creando melodías son absolutamente geniales. Siendo más concreto y hanlando del setlist, a excepción de “Chrome Waves”, la primera mitad del concierto estuvo enteramente dedicada a su etapa más contemporánea. Especialmente a sus últimas composiciones, ya que de Weather Diaries tan solo tocaron tres canciones (“Charm Assault”, “All I Want” y la soberbia “Lannoy Point”), a pesar de que se trata de un trabajo más redondo que el último. Olvidaron por tanto temas que hubieran resultado más que oportunos, como “Rocket Silver Symphony” y, especialmente, “Cali”. Pero bueno, a partir de “OX4” comenzó un despliegue de clásicos que nos impiden quejarnos demasiado: “Taste”, “Dreams Burn Down”, “Polar Bear”… Pura catarsis sonora. Hasta la novedosa “Kill Switch” calzada ahí en medio quedó bien integrada. Aunque si hay un himno con el que terminaron por convencernos, a pesar de que no derrocharan especial ímpetu al hacerlo, fue la inigualable “Vapour Trail”. Es demasiado buena.

Hora del bis. Esperábamos dos más y listo. Eso nos dieron, no son una banda demasiado adicta a las sorpresas. En general, Mark Gardener y Andy Bell no podrían ser más ingleses. Decidieron convertir el bis en un resumen de todo lo acontecido. Una contrastada mezcla entre lo nuevo y lo viejo. La reciente “In This Room”, con ese comienzo electrónico 8bit marca de Erol Alkan, y la enorme “Seagull” como broche final. La primera, aunque demasiado larga, está repleta de belleza. Teníamos al lado a Juan Aguirre, guitarrista de Amaral, y piensa igual. La segunda es simplemente como deberían acabar todos los conciertos. Claro que pocos grupos tienen la fortuna de tener canciones como esa.


Texto y foto: Javi JB
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