Thalia Zedek Band. Madrid, Sala Moby Dick, 22-02-10

Desnudar las canciones de sus discos en directo parece una tarea fácil para una Thalia Zedek que, con un áspero último trabajo que data de 2008,»Liars and prayers«, presentó sus canciones con una directa, concisa y nada presuntuosa puesta en práctica de cara a su público madrileño.

Y tratar de buscar historia pasada de una solista que se muestra en plena forma es no hacer justicia a una banda que, abriendo las puertas a lo atormentado de sus guitarras, haciéndolo con «Next exit» y de ahí oscureciendo el tono, ofrece una muestra de rock tan irrebatible que da igual lo clásico o no de los temas que ofrezcan en vivo. Allí parecía que poco preocupaban nuevas o viejas canciones; todas cuestan y transmiten la misma evidencia. Las palabras clásico o moderno se escapan de la historia de esta cantante, en solitario desde que en 1999 la ruptura de Come la hicieran presentar lo catártico que llevaba dentro. Aquí lo hizo con dos guitarras, viola y batería.

Thalia Zedek, sencilla en el trato, e igual de seca (sin casi levantar la vista de su guitarra) que lo esquivo, y también profundo, que transmiten los temas de sus discos, amolda su adusta voz mucho más a la distorsión de las guitarras que a la melodía cantada, haciendo uso de un rock inequívocamente femenino en la forma e incontestablemente elegante en su fondo, a lo que ayuda una voz categóricamente educada para unos temas que la han hecho dueña de un estilo personal.

Va mucho más allá del folk y del country que pueda empañar el método de su discurso, una antología que le ha dado distinción a lo largo de estos años, para casi no moverse del escenario y cantar, con un empeño que roza la adoración, para firmar, sin permiso ninguno la adhesión incondicional de cualquiera de sus seguidores, ya sea tarde o temprano cuando aparezcan sus discos de estudio.

Cambiando, frenando, acelerando, gruñendo o limando la aspereza del ruido de las guitarras, la banda quiso (y logró) transmitir esa impresión de inquietud que transforma sus canciones en algo mucho más intranquilo que los modelos clásicos de una canción fácil, rebuscando en la trastienda de las impresiones contrastadas de sus melodías, la forma más clara de encontrar el mérito de sus canciones, atravesadas por la desazón.

Sin olvidar que la banda se despidió con una magnífica versión de Leonard Cohen. «Dance me to the end of love» (podía haber sido cualquier otra del genio) fue la despedida, por ahora, de una artista y su banda donde mucho más allá que apasionar, engrandece su estilo y lo hace inconfundible.


Texto y fotografía: Ángel Del Olmo

adelolmo

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