Crónicas de conciertos

Ghost Note – Villanos del Jazz, Madrid – 01/07/26

El mensaje de Ghost Note no necesita subtítulos: es una declaración de intenciones rítmica que se defiende desde el descaro, la sonrisa cómplice y el vacile constante. Desde la primera pisada sobre el escenario metieron en su juego al público gato. Al frente, un vocalista que maneja la escena con la estética de D’Angelo y esa chulería orgánica tan propia de Anderson .Paak. Y es que le bastaron un par de gestos magnéticos para adueñarse por completo de la Sala Villanos.

El arranque fue un homenaje encubierto a las aperturas de Earth, Wind & Fire: una introducción de  de esas que estiran la tensión rítmica durante tres minutos extasiantes, amagando con romper pero retrasando el clímax deliberadamente. La sección de vientos estiraba los tiempos con un jazz-fusión antes del drop.

Una vez rompió, la banda se deslizó hacia un funk vertiginoso, propulsado por un teclista de dedos incandescentes y un bajista encargado de dictar un groove hipnótico. Detrás, capitaneó el búnker rítmico Robert «Sput» Searight bajo el letrero de Villanos con su batería Yamaha dictando sentencia. Rompió el metrónomo encadenando síncopas endiabladas mientras dedicaba sonrisas burlonas a cada oyente desconcertado por su efecto. Un sello de identidad muy en la línea de Nate Smith. Y la coincidencia no es casual: los cerebros de este proyecto comparten cuartel general en las filas de Snarky Puppy.

La transición llegó con un pasaje estrictamente instrumental. El vocalista se retiró a un costado del escenario, acuclillado, en un gesto que se repartía entre el trance místico y la reverencia pagana a sus ancestros musicales. Ese break funcionó como una invocación al Papa del down-beat, el mismísimo James Brown. Bastó un seco «Wait a minute!» para liberar una línea de bajo y guitarra de ataque agresivo y cortante, arropada por un riff cíclico de teclado. La pista de Villanos se convirtió entonces en un  club de baile donde el público (incluido un servidor) quemó zapatilla, espoleado por unos vientos que esculpían ecos del trombón de Fred Wesley y el fraseo punzante del saxofonista Maceo Parker.

La propuesta de Ghost Note responde exactamente a esa tesis: hibridar las tensiones y la complejidad armónica del jazz fusión sin pervertir jamás el código genético del funk fundacional. Desde su génesis en 2015, Robert «Sput» Searight y Nate Werth han blindado esta postura, manejando con finura el equilibrio entre el rigor de la vanguardia y el pulso de la vieja escuela, siempre con el groove como prioridad absoluta. Un manifiesto estético que ya ha quedado registrado en su cronología de estudio: Fortified (2015), Swagism (2018), The Breaks (2021) y su reciente entrega, Mustard n’ Onions (2024).

El golpe de gracia lo dio su pieza fetiche, Bad Knees. El saxofonista  se embarcó en un soliloquio descomunal de más de cuatro minutos. Un fraseo puramente jazzístico montado sobre un shuffle pegadizo de batería. El despliegue, tanto musical como de pura capacidad pulmonar, arrastró a la sala hacia la catarsis colectiva. El posterior e inevitable bis exigido por el público no fue gesto de cortesía. Fue pura necesidad.

Con noches como esta, el proyecto de Searight y Werth demuestra una fusión de jazz y funk desenfadada que hace vibrar toda la pista de baile. A pesar de la enorme trayectoria de sus integrantes, es es evidente que ponen el conocimiento técnico al servicio del groove y el disfrute colectivo, lleno de bromas y vaciles. Y es que la clave de Ghost Note reside precisamente en eso: encontrar el equilibrio entre una libertad interpretativa y relajada y un profundo respeto a las raíces de la música funk.


Texto y fotos: Rubén Martín
Rubén Martín

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