No hemos perdido la cuenta de todas las veces que hemos hollado el festival de Roskilde, pero las ediciones se juntan en nuestra cabeza y mezclamos años con conciertos, compañeros de viaje o anécdotas históricas. Una sola constante anual: absoluta felicidad. Este año 2026 nos traía un escenario Orange (el principal, el famoso canopy que es el icono del evento) un 25% más grande, una mayor cantidad de artistas daneses como headliners y la calidad de siempre en los nombres pequeños del cartel, esos que no conoces al llegar a Dinamarca pero que ya nunca olvidarás una semana más tarde.
Press tour
La mañana del primer día grande, el miércoles, la dedicamos a desayunar en nuestra panadería favorita del pueblo de Roskilde y a reservar fuerzas para lo que se avecinaba. Para empezar, un paseo para la prensa internacional por diferentes zonas del recinto como aperitivo de lo que el público podría ver unas horas más tarde, a la hora oficial de apertura de los escenarios principales.
Tras repartir unas bebidas (los termómetros en Selandia marcaron récord durante la semana anterior, con 36º de máxima) accedemos al escenario Platform. Una instalación permanente con muchas partes móviles que le dan una versatilidad absoluta a la hora de plantear diferentes posibilidades escénicas y diferentes perspectivas a todo lo que allí ocurrirá: desde performances a conciertos pasando por danza y teatro del que, obvio, genera pensamiento crítico.
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En el Platform pudimos ver en primicia una secuencia de Enter the Flesh, un espectáculo creado por los coreógrafos y bailarines Dorotea Saykaly y Emil Dam Seidel que explora los límites entre humanos y máquinas. Un experimento de ciencia ficción -de las fronteras de la humanidad- en vivo y en directo.
Proseguimos recorriendo las zonas dedicadas al arte y al activismo, dos programaciones del que el festival ha sido pionero en grandes eventos. En total habrá 95 actividades sobre estos temas. «Son más que nunca porque es importante crear espacios para cultivar la paz, que propongan cambios sostenibles y agendas que apoyen a las nuevas voces. (Estas actividades) promueven valores de humanidad y comunidad» nos explica uno de los programadores. Por eso también ha vuelto el escenario Cinema trece años después, con una intensa programación de clásicos y documentales curados por expertos de diversas instituciones.
Nos adentramos en los campings. Están hasta arriba, como siempre, pero los voluntarios ayudan a que su distribución sea uniforme, ortogonal, casi como un campamento romano. (No sé si habrá un camp de togas, debería haberlo. Como en la peli de Animal House). 100.000 personas de todas las edades, pero con más de un 80% que han nacido en este siglo. Casi todos han llegado el primer día posible, el viernes por la tarde, y llevan de fiesta prácticamente ininterrumpida desde entonces. Entre las actividades preferidas, las performances junto a la policía del camping, el beer pong y el surfing en las colinas.
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Junto al lago, con centenares de personas en el agua, está la instalación I Never Meant to Hurt Anyone del artista Noah Holtegaard, que nos explica como esos cuernos representados podrían apelar al «clima político que usa a los inmigrantes como cabezas de turco (scapegoat en inglés)». Durante los días anteriores se hicieron actuaciones alrededor de la pieza en colaboración con el Center for Art and Mental Health.
Otros espacios de arte y activismo que pudimos visitar incluían el Piece For Peace Movement, un movimiento global de arte participativo cuyo objetivo es unir e inspirar a las personas a través del color y la creatividad colectiva para generar conciencia. También subimos The Long Way Around, una rampa helicoidal junto al Dancefloor que uno no puede evitar ascender, admirar -una vez arriba- tanto las vistas como el fuego (Ceremony of Fire 24/7) que se mantiene durante todo el festival, y volver a bajar. Un rito curiosamente adictivo en la era de la velocidad.
De vuelta a la zona de conciertos vemos una nueva reencarnación artística del escenario Gloria, con las fotos que los asistentes y seguidores del festival de todo el mundo han enviado por internet. Muy cerca también está la instalación Hedestrik, una recuperación de las antiguas artes de la lana afieltrada con imágenes alegóricas de las danzas folk que se bailaron en el tejido de las telas.
Precisamente este arte colaborativo con lana será una de las actividades del próximo GRASP Festival. Un festival del conocimiento que también organiza el Roskilde Festival Group y que se enfoca en el cambio sostenible, el arte, la ciencia y la innovación social. Como colofón asistimos a la inauguración oficial del festival Roskilde 2026 en el Backstage Village y brindamos con unos vinos ecológicos mientras escuchamos una pequeña actuación de Eee Gee.
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Miércoles
Se acabó la calma, el recinto ya contiene decenas de miles de participantes y empiezan los conciertos. Nos adentramos en el Gloria para ver a Joshua Idehen. La vegetación del escenario regala un ambiente excepcional para lo que parece un cantautor speaking word y acaba siendo un bailoteo salvaje con buenas letras y mensajes. «Espero encontrar lo más grande a través del amor y del ritmo». El poeta británico-nigeriano declara que el ritmo es su arma en ‘Illegal Hit’, pero también deja espacio para el humor «Me voy, ahora vuelvo, sólo quiero que penséis que soy Dolly Parton».
Entre transiciones de música electrónica nos regala su filosofía de bolsillo: «Vivimos en tiempos turbulentos, pero cuando estoy de bajón pienso en qué aún sigo vivo y bailo». Su mayor éxito es ‘Mum Does The Washing’ donde no se deja ningún tema sin tratar: feminismo, colonialismo, capitalismo y otros ismos. Más tarde ‘All Yo Can Do Is Try’ combina de maravilla con coros soul. ¿Qué ha pasado? Una bandera de la República Democrática del Congo irrumpe en escena. Gol contra Inglaterra, nos chivan. «Stay cool, learn to swim» aconseja Idehen.
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Hace rato que Joshua es más chamán que artista: «Saludad al que tengáis al lado, decidle que es bueno». Sigue la actuación con ‘Once In A Lifetime’ de Talking Heads, que mantiene su estribillo pero transmuta con los versos del poeta en un tema de groove maravilloso. «Contra las matanzas y los nazis», proclama antes de confirmar que «I say I believe in the power of people». El festival no podía haber comenzado mejor, cumpliendo una característica inherente del evento: un nombre de los que en el cartel sale en pequeñito nos había encantado.
Con las ganas de bailar por las nubes el siguiente destino no podía ser otro que Pa Salieu. Con una camisa bien colorida y pantalones a juego, la banda de la boina roja declaró un delirio de danza a contratiempo con su UK drill con afrobeats. Casi todos sus hits los ha logrado en colaboraciones, pero en directo los defiende bien ante un mestizo público danés que disfruta de las pinceladas de soundsystem jamaiquino con trompeta y teclados acompañando. Hasta Greta eligió al gambiano, lo que nos recuerda a Emma Goldman y su necesidad de revolución bailada.
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Bajamos las revoluciones, que no la intensidad, con unas hermanas que supuran esencia sureña de soul y gospel. Annie and the Caldwells llevaban sin editar disco desde antes de la pandemia, pero el año pasado acertaron con Can’t Lose My (Soul), un plástico de donde sacaron casi todo su repertorio.
Annie siempre permanece sentada, con su pelo a tazón, mientras sus tres hermanas (todas con la camiseta con el 01) la acompañan con palpitantes tonadas a cuatro voces como la que da título a su nuevo álbum o la anterior ‘Can’t Nobody’. El bajo está a volumen brutal en el nuevo escenario Lagune (que usa la carpa del antiguo Avalon) y levantamos los brazos como si estuviéramos en la City of West Point, Georgia, antes de despedir a las sisters.
Arrancó ‘Bloom Baby Bloom’ y Wolf Alice pusieron las cosas en su sitio con potencia y carisma todo en uno. Las londinenses estaban comenzando un show de nota en un Orange que impone mucho porque puedes tocar ante 30.000 personas y parece vacío. Pero esto es Roskilde, y una banda hardcore local nos había llamado la atención en disco, así que acudimos al escenario Fauna a presenciar la descarga de Smertegrænsens Toldere. Estos hardcore punketos de Aarhus no dieron ni un segundo de respiro entre canción y canción. Hardcore de calidad ejecutado al milímetro y pogos legendarios. ¿Que no sabes danés? Canta esta que seguro que se la dedicas a alguien ¡¡’Idioter’!!
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Abrimos el capítulo divas con Jade y su europop vitaminado. La impresión de las letras por pantallas nos hace cantar, bailar y sudar desde el primer minuto con ‘IT girl’ que, por lo que sea, no va de compañeras de tecnología. La inglesa sólo ha editado un disco That’s Showbiz Baby! (con edición ampliada unos meses después), pero ella sabe de qué va este negocio. De hecho fue parte de la girl band Little Mix, un trío que vendió lo que quiso durante la década de los 2010.
Su show es el típico de diva actual con el 90% de las voces pregrabadas y lanzadas, mientras Jade Amelia Thirlwall canta sobre sí misma gustándose y aprovechando para lucirse. Otro truquito de la industria es condensar estribillos que no terminaron de cuajar en un par de popurrís, algo que mejora la efectividad en el directo y que da pie a uniones y codas con toques latinos o amagues dubstep.
Con camiseta de futbol, botas y pelo al viento, la cantante se acompaña de baterista, guitarra + teclados y dos bailarines, que nos recuerdan que «Jade is what we dance for». Su música contiene todos los tópicos del género: coreos más resultonas que elaboradas, alabanza exagerada al fan y estribillos que los coreamos porque siempre han estado allí. Es imposible no tener varios déjà vu de otras artistas como Billie Eilish. Jade no ha inventado nada pero suena disfrutón y saltamos como posesos en sus bangers ‘Church’ y ‘Angel Of My Dreams’.
Caminata hacia la explanada gigante y vemos a una muchedumbre agolparse y bailar en el Platform, parece que el dancehall de 1Guh Watch mereció otro recinto dado el exitazo.
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El nuevo escenario Orange ya había acogido a la danesa Pil y a Wolf Alice, pero el plato fuerte del día llegaría -al menos para el público viejuno- con The Cure. En la era de los truquitos y los pregrabados, estos veteranísimos tocan como nunca, insisten en sus virtudes y lograron que sus célebres guitarras sobrevolasen al público.
¿Dos primeros temas? Los dos primeros del Disintegration, ‘Plainsong’ y ‘Pictures Of You’, para demostrar desde el principio por qué todos sus miembros han marcado de alguna manera cómo se concibe su instrumento en la música. Cada tema destaca en algo: ‘Fascination Street’ nos embauca con su fascinante línea de bajo. Nos comenta un asiduo: «¡Suena mejor que un bajo de la Motown!»
Un sonido prístino ayuda a gozar icónicos riffs como el de ‘Inbetween Days’ o, sobre todo, ‘Push’. Llevan hora y media pero Robert Smith aún tiene set para rato: ‘A Forest’, ‘Lullaby’, ‘The Lovecats’, ‘Friday I’m in Love’, ‘Boys Don’t Cry’… Hasta los 130 minutos se dilató la sucesión de hits con ejecución impecable y sonido atronador.
Los ingleses nos habían activado tanto que aún tuvimos fuerzas para una ración de Monolord. Metales pesados, stoner en la vertiente más Sabbath y un bajista con un carismático cable rizado. Acaban de editar su sexto álbum Neverending y de este nos aplastaron trallazos como ‘You Bastard’ u ‘Oozing Wound’.
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