Bendito problema. Cuando salió el cartel de esta edición 2026 del Azkena Rock Festival ya sabíamos que esto pasaría. Un cartel tan completo, con estilos tan variados para los oídos eclécticos, y con tantísimas propuestas a cada cuál más apetecible. Lo peor de este Azkena ha sido, sin duda, no poder estar físicamente en dos sitios a la vez, comentar con los compañeros lo bien que han tocado los punks de un escenario y que ellos también elogiasen el bolo de la otra punta del recinto. Este año nuestro mayor sufrimiento han sido los solapes.
Jueves
Comenzamos la aventura gasteiztarra con Nhil, una banda de soul pop con letras en euskera y cuidados arreglos de vientos. Llegaban desde Aretxabaleta, una población a apenas 30 kilómetros, con lo que jugaban en casa y recibieron el cariño de los locales.
El escenario principal lo inauguró Robert Finley. El de Bernice (Norte de Louisiana) es un música autodidacta de 72 años que, tras dedicarse durante décadas a la carpintería, llegó tarde a la música profesional. En un caso parecido al de la siempre añorada Sharon Jones. Nos regaló varios momentos de blues soul desde la raíz con temas como la religiosa ‘Helping Hand’, de su último disco Hallelujah! Don’t Let The Devil Fool Ya, o ‘What Goes Around (Comes Around)’. Finley sonrió con ganas en todo momento y se marcó unos bailes mientras nos regalaba falsetes y vibratos que nos llegaron hasta el tuétano.
De vuelta al segundo escenario ya estaban las primeras filas copadas para DeWolff. El trío neerlandés son infalibles en los sonidos de rock clásico setentero, y su arranque con ‘Night Train’ y su riff jonlordiano lo certifica. También ofrecieron temas de su último largo, como ‘In Love’, con coros sixties o ‘Natural Woman’ con ritmo trotón a lo Cheap Trick. Aportaron coros y resultonas coreografías un par de coristas, que invitaron a la concurrencia a chasquear los dedos al ritmo en vez de dar palmas.
El teclista toca el bajo magistralmente con la mano izquierda, el cantante y guitarrisca marida las canciones con agudos iangillanescos y el baterista podría ser el nieto putativo de Ian Paice, manejando a la perfección el tono y las dinámicas de cada corte. Para goce del aficionado insertan guiños a Little Richard con ‘Keep on Knockin’ y hasta el solo de Johnny B Goode.
Anuncian última canción a 25 minutos de la finalización de su slot. Si además es una con «spanish name» no puede ser otra que ‘Rosita’ con indudable sabor sureño y cánticos místicos a «The mighty power of love». Een verdomd A-cijfer para este trío +2 con grandes composiciones que nos recuerdan a los mejores setenta con una ejecución excelsa y sin intentar copiar a nadie.
El nombre más esperado del día no podía ser otra que Imelda May, que se ha reconciliado musicalmente con su exmarido Darrel Higham y ha vuelto al rock que la hizo muy popular en los primeros años de los 2010. Tampoco volvió exactamente igual, la dublinesa se dejó los rulos y la vestimenta pin-up en casa, el retorno a esa época sería exclusivamente musical. No hace falta más cuando se tiene delante a una de las mejores cantantes del siglo.
‘Tribal’, ‘Psycho’, ‘Inside Out’… sus canciones siguen sonando a clásicos con cera para el tupé y rizo rebelde sobre la frente. Su técnica vocal es digna de estudio, con multitud de recursos que emplea con maestría para que las dinámicas de cada canción fluyan. Si a esto le sumamos su indudable carisma, presencia escénica y sensibilidad, tenemos una actuación que, aunque no haya sido de las mejores que la hemos visto, es difícil bajar del sobresaliente.
En ‘Eternity’ canta a dúo con Highman y la conexión y la química musical siguen ahí. En varios temas los ex-esposos se acercaban para compartir comentarios entre sonrisas. ¿Hubo buen rollo? yo no diría tanto, tras una ruptura dura con varios hijos por en medio, sólo ellos saben cómo se ha fraguado internamente esta reunión. «Thank you for having us back» se despidió.
Cambio de tercio para disfrutar del ruido del bueno de Corrosion of Conformity. Una banda a caballo entre diferentes estilos, pero que de todos ellos recoge las mejores esencias. Hay guitarras que nos pueden recordar a Dimebag Darrell, el pose stoner es firme sin cansar, las querencias sureñas se palpan en cada fraseo, la contundencia empata a cualquier trasher y el volumen está donde debe, en el 11. Clasicazos como ‘Albatross’ o ‘Clean my Wounds’ mezclaron a la perfección con temas recién editados como ‘Baad Man’ o ‘Loose Yourself’. Unos grandes.
Ya sin la luz del día irrumpieron los suecos The Hives con su «garage for kids», unos pildorazos rock que actuán directamente en el cerebro animal. Cada vez que arrancan con un tema es imposible saltar sin parar durante 150 segundos, su escenografía -con un globo gigante para cada letra de su nombre- es tan simple como efectiva, y varios de sus riffs ya se han grabado a fuego en nuestras cabezas. Además llevan un tronchante vestuario luminoso a medio camino entre el de Ace «Starchild» Frehley y las hombreras de Spandau Ballet. Y sus pipas van vestidos ¡de ninjas!.
‘Hate to Say I Told You So’, ‘Come On!’ o ‘Tick Tick Boom’ son varios de los resortes más cañeros, pero nos gustó especialmente cuando tocaron ‘I’m Alive’, un cambio de tempo muy agradecido. «Tocando a esta velocidad están condenados a ser siempre los que cierren los festivales» comenta acertadamente mi hermano Willy Peacemaker. Los escandinavos estaban presentando su séptimo álbum y cerraron el bolo con el temazo titular: ‘The Hives Forever Forever The Hives’
Ahora bien, la polémica. ¿Está bien que por cada canción de 3 minutos el cantante esté otros 3 o 4 de charla? La realidad es que la tensión del concierto se desploma constantemente y los fogonazos que son sus canciones muchas veces no consiguen remontar que el vocalista lleve 4 minutos intentando hablar castellano para decirnos que sus compañeros son los mejores y que su último álbum es fantástico. Divertidos a ratos pero también un poco turras.
Uno de los mayores alicientes de este festival es tener una carpa para vivir un concierto como si estuviéramos en una sala, el escenario Trashville, donde las propuestas igual son menos populares en audiencia o de estilos más de nicho, pero lo compensa un público dispuesto a divertirse en cada milisegundo. Allí vimos a los holandeses Les Robots. ¿Qué música harán los que se hacen llamar D.V.R., R‑JoHN, Pete‑R y C.A.S.E.? pues, como no podría ser de otra forma, música fría y calculadora. Instro surf con profusión de teclados korg y toques de misterio vía theremin. Sus coreografías son divertidas (y robóticas, claro), y se mueven entre el surf más clásico con aroma mediterráneo, las locuras cósmicas y algún temas más rockero en la onda Shadows o Ventures.
Tras picotear en la propuesta instrumental aún tenemos medio concierto de The Adicts por delante. Punk rock desenfadado que no está reñido con una ejecución de la más alta profesionalidad. En su gira de despedida tras casi 50 años de carrera siguen dándolo todo. El bombín y el maquillaje de Monkey sigue siendo icónico, así como su teatralidad y juegos. Aplaudimos el delirio de confeti y serpentinas mientras suena ‘My Baby Got Run Over by a Steamroller’, un tema ramone tanto por la música como por la letra.
Aquí no hay turra que valga, encadenan temas sin piedad en pura actitud punk. También hacen crítica social, y una de las grandes problemáticas en los festivales es cuando te tiran la cerveza, incidencia que detona ‘Who Spilt My Beer’. Se acerca el final con ‘Chinese Takeaway’, que apostamos que fue un favorito de los primeros Siniestro Total, su himno ‘Viva la Revolution’ y el grand finale de ‘You’ll Never Walk Alone’ con el público jugando entre pelotas gigantes. Ser reivindicativos desde la festividad es y será siempre la revolución.
Para poner la guinda al pastel del primer día acudimos a la carpa Trashville donde Ángel & Cristo perpetraron un show para el recuerdo. «Cómo os hemos engañado, que os pensábais que sabíamos tocar» gritan a la segunda canción. Presentaron temas con añadidos de locura como ‘Cuñao’, ‘En el chino’ (no, no es una versión de Radio Futura) o ‘El lanzador de cuchillos’. Cada momento tiene su performance: pelotas, peleas de payasos, bengalas anales a lo Porco Bravo o crowdsurfing sobre tabla… de planchar durante ‘Surferos del tajo’ (menuda leche se metió el surfero).
«¡¡No busquéis virtuosismo donde no lo hay!!» se desgañita el cantante y baterista, acompañado de platos, guitarra y un theremin que en el escenario Trashville parece obligatorio. Aún quedó tiempo para ‘Cupido’, con homenaje incluido a los vitorianos Cicatriz y ‘Tardeo de indies gordos calvos y feos’. ¿Pensábais que el shock rock y la performance era exclusivo de Alice Cooper? Esta banda está más que amortizada, pero Bárbara & Rey amenazan con surgir de la tierra.